MIGUEL ÁNGEL MIRANDA MALDONADO 2002 – 2006

… 17, 18, 19 y 20. He tenido la suerte y el privilegio de estar y vivir allí durante los cuatro últimos años y de hacer el nº 5 en la lista de los sacerdotes diocesanos que han trabajado durante varios años por esas tierras.

Ahondando en la vida de las comunidades tengo que decir, porque lo he visto, que tienen un parecido muy próximo a lo que eran las primeras comunidades cristianas: es admirable el entusiasmo y la cara de sorpresa que manifiestan ante la Buena Noticia de Jesús; es de alabar cómo se reúnen con frecuencia para la oración, la celebración de la Palabra y para la Fracción del Pan …; es sorprendente el comprobar cómo ellos mismos son sus propios evangelizadores, a través de los numerosos catequistas benévolos; es admirable cómo estos catequistas (ellos y ellas) tienen hambre de formación, hambre que sacian acudiendo fielmente a todas las sesiones de formación aún a costa de muchos sacrificios …; y he comprobado con gozo cómo poco a poco también se van incorporando nuevos miembros a la Comunidad porque son bien vistos … y porque allí resonaba el… mirad cómo se ama!.

Respecto a mi experiencia tengo que decir que ha sido maravillosa. Remedando el cuento de El cazador cazado constato que a mí me ha sucedido como a él: de alguna manera yo también fui a la Misión como maestro  y salí convertido en discípulo-alumno; ellos me enseñaron lo que es y cómo hacer la verdadera Misión ad Gentes.

Comprobé in situ cómo los pobres nos evangelizan y cómo ellos son los primeros en el Reino …

Yo iba totalmente desarmado  y con la carencia de municiones  propias, como el hablar y entender la lengua francesa y sus lenguas nativas: el batonu, o el fulfulde … y ellos, con su gran amabilidad y paciencia, me fueron regalando dichas municiones; con su acogida, sus sonrisas, sus consejos y lecciones de palabras y frases cortas … me ayudaron para acercarme cada vez más a ellos y a quererles con todo mi corazón; mudo, sí, pero estando en medio de ellos.

Y… ¿todo fue camino de rosas? … no, no!: la malaria atacaba y contraatacaba de vez en cuando; las diarreas y las infecciones iban y venían, de cuando en cuando; el clima y los caminos fatigaban mi cuerpo muy a menudo; de tiempo en tiempo la morriña invadía mi corazón; el mutismo que, por obligación tenía que guardar en las homilías de las celebraciones y en las catequesis, también entristecía un poco mi alma …

Pero también tengo que proclamar que todas esas dificultades e inconvenientes eran superados y restañados gracias a la ayuda de esas gentes y a la respuesta tan maravillosa que estaban dando a la Buena Noticia del Evangelio.

También proclamo que nunca me sentí solo: en los momentos de oración personal sentía la presencia física del Señor y su consuelo, así como también sentía la presencia física de mis compañeros y el apoyo importantísimo que recibimos de nuestra diócesis de origen, tanto en las visitas de nuestro obispo y nuestro delegado, como de las visitas morales de las oraciones y numerosas cartas que recibía de las gentes de por aquí.

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