JOSÉ ANDRÉS PÉREZ GARRIDO 1989 – 1997

Describir una experiencia tan rica y compleja como la que yo viví en los ocho años que pasé en la misión diocesana de Fo-Bouré no es nada fácil, y menos al cabo de nueve años de mi vuelta a La Rioja. Pero lo que con los años se va olvidando también se va depurando y va dejando un poso que es lo que de verdad cuenta.

Si tuviera que resumir en tres palabras lo que fueron aquellos años para mi, diría que fueron maravillosos, profundamente enriquecedores en lo personal y transformadores(mejor aún, evangelizadores), en lo espiritual. Maravillosos porque fui feliz, y vi felicidad a mí alrededor; dejaron mi vista, mi cabeza y mi corazón llenos de colores, de sabores, de músicas, de sensaciones que al cabo de los años no he olvidado. ¡Cómo olvidar la luz de África, el cielo estrellado africano y tantas otras cosas! Es imposible.

Fueron unos años profundamente enriquecedores en lo personal, porque aprendí a vivir y a valorar la riqueza de otras culturas, la diversidad  de valores que presentan, algunos ya muy olvidados y perdidos en nuestra cultura occidental: el valor de la familia grande y unida, de la solidaridad dentro de la pobreza. El esfuerzo de aprender otra lengua, y con ella poder hablar y compartir con los demás; la acogida fraterna al extraño y tantas y tantas cosas maravillosas.

Y realmente evangelizadora para mí: allí aprendí lo que significa verdaderamente convertirse a Jesucristo, dejar padre y madre por seguirle, arrostrar menosprecios e insultos por su causa y permanecerle fiel en los buenos y malos momentos. Y no lo digo por mi, ni mucho menos, sino por tantos y tantos jóvenes y mayores que en el momento de conocer a Jesús se enamoran de Él, lo dejan todo (su religión, muchas de sus costumbres, a veces sus familias y sus pueblos) por seguirle y encuentran en la fe la libertad auténtica, el sentido de una vida nueva y plena. Conocí a muchos de ellos y me impresionaron y cambiaron.

No todo fue bueno, las dificultades también estuvieron presentes en esos años, incluso las lágrimas en algunas ocasiones. Pero hasta éstas me ayudaron a crecer como persona y como cristiano. No puedo sino agradecer de corazón a Dios la llamada que un día me dirigió y que tanto bien me hizo.

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