Misioneros

Entre los baribá, gando y peul de BENIN

JESÚS MARÍA PEÑA PEÑACOBA 1986 – 1994

Mi primera experiencia africana la viví en Burundi, concretamente en Rwisabi, misión situada entre las provincias de Gitega y Ngozi, en donde nuestra diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño se había hecho presente desde el año 1962. Tres meses después de ser ordenado sacerdote septiembre de 1978 – me encontré en el lugar en el que había soñado y en una realidad que no me había ni imaginado. Este primer amor africano marcó mi vida. Permanecí allí 7 intensos años, feliz, aprendiendo a ser cura en la Misión. Las circunstancias me obligaron a volver a la diócesis en la que aguanté un año cumpliendo con lo que el obispo me encomendó, pero con el corazón en África.

Durante ese año 1985 me preocupé de proponer la posibilidad de reiniciar una Misión Diocesana en otro lugar, siempre en África. El obispo, don Francisco Álvarez Martínez, y el delegado de misiones, don Gerardo Capellán,  apoyaron la idea, y después de contactar con un buen grupo de obispos africanos decidimos marchar a Benin, a la diócesis de Parakou, cuyo obispo, monseñor Nestor Assogbá, había contestado a nuestras preguntas con sencillez, sinceridad y claridad. Además, el norte de Benin me atraía por otra razón: era tierra de primera evangelización. Seguro que la manera de trabajar sería distinta: poca administración de sacramentos, quizás unas celebraciones litúrgicas menos espectaculares y, por supuesto, menos gente en las comunidades. Lo que me asustaba un poco era el clima, que nos decían era duro, con temperaturas por encima de 35º durante gran parte del año. Me invitaron a visitar el lugar para verlo de cerca pero no fui. Había tomado la decisión y ésta era firme. Con cierto temor y casi miedo inicié esta nueva etapa misionera el 9 de noviembre de 1986. Me tocaba ir sólo desde mi diócesis, pero con esperanza de recibir pronto compañía. Ésta se demoró casi tres años. La experiencia anterior en Burundi me ayudó mucho. No era un novato aunque todo me resultaba nuevo. No sabía dónde me instalarían, pero el mismo día de la llegada todo fueron atenciones. La acogida fue fabulosa en Cotonou. Al día siguiente una avioneta me trasladó a Parakou, y desde allí al curso de lengua baribá que duró seis meses. Entretanto el obispo ya me había comunicado el lugar en dónde debía instalarme: Fô-Bouré, en el centro-oeste de la provincia del Borgou. Territorio llano como la palma de la mano con alguna colina rocosa al norte, sin ningún río importante, con 2.500 km2, ni un solo metro asfaltado, con cultivos de ñame, algodón, sorgo, maíz, cacahuete, mijo y mandioca, y con una población en aquel momento de, aproximadamente, 40.000 habitantes. Los pueblos baribá eran 25, con poblaciones comprendidas entre los 9.000 y los 250 habitantes. No en todos existía una pequeña comunidad cristiana.

Decenas y decenas de campamentos pertenecientes a las etnias peul y gando jalonan el territorio. La lengua de la zona es el baribá. Los peul y gando hablan el fulfulde (peul). En realidad era lo que había buscado al elegir Benin: totalmente distinto a lo conocido. Y así fue: lengua distinta, clima distinto, orografía distinta, distinta organización administrativa (cambié las colinas por los poblados) y comunidades pequeñas, sin fuerza, balbucientes, primerizas. ¡En alguna ocasión eché de menos las espectaculares celebraciones multitudinarias de Rwisabi en Burundi! Pero nunca me arrepentí de la elección. Los baribá me enseñaron muchas cosas. En los ocho años que duró mi misión en Fô-Bouré aprendí a caminar despacio acompañando a personas que apenas empezaban a conocer el Evangelio. Y tuve la gran suerte de ver nacer comunidades cristianas. También me tocó vivir fuertes crisis comunitarias y aprendí que no era negativo pasar por crisis siempre y cuando lleguen a superarse.

Desde el principio me preocupé por conocer las tradiciones culturales de los baribá. Además de las tareas estrictamente pastorales me correspondió la tarea de adecuar la misión a las necesidades de un equipo de varios sacerdotes. Así tuve que poner manos al ladrillo y llevar adelante el proyecto de construir lo que ahora es el centro parroquial de Fô-Bouré. Por otra parte tuve que cubrir  las necesidades que comenzaban a tener alguna de las comunidades como la falta de agua y de un lugar para la oración y la celebración.

Me siento orgulloso de haber sido llamado a formar parte de esta Misión.

JOSÉ ANDRÉS PÉREZ GARRIDO 1989 – 1997

Describir una experiencia tan rica y compleja como la que yo viví en los ocho años que pasé en la misión diocesana de Fo-Bouré no es nada fácil, y menos al cabo de nueve años de mi vuelta a La Rioja. Pero lo que con los años se va olvidando también se va depurando y va dejando un poso que es lo que de verdad cuenta.

Si tuviera que resumir en tres palabras lo que fueron aquellos años para mi, diría que fueron maravillosos, profundamente enriquecedores en lo personal y transformadores (mejor aún, evangelizadores), en lo espiritual. Maravillosos porque fui feliz, y vi felicidad a mí alrededor; dejaron mi vista, mi cabeza y mi corazón llenos de colores, de sabores, de músicas, de sensaciones que al cabo de los años no he olvidado. ¡Cómo olvidar la luz de África, el cielo estrellado africano y tantas otras cosas! Es imposible.

Fueron unos años profundamente enriquecedores en lo personal, porque aprendí a vivir y a valorar la riqueza de otras culturas, la diversidad  de valores que presentan, algunos ya muy olvidados y perdidos en nuestra cultura occidental: el valor de la familia grande y unida, de la solidaridad dentro de la pobreza. El esfuerzo de aprender otra lengua, y con ella poder hablar y compartir con los demás; la acogida fraterna al extraño y tantas y tantas cosas maravillosas.

Y realmente evangelizadora para mí: allí aprendí lo que significa verdaderamente convertirse a Jesucristo, dejar padre y madre por seguirle, arrostrar menosprecios e insultos por su causa y permanecerle fiel en los buenos y malos momentos. Y no lo digo por mi, ni mucho menos, sino por tantos y tantos jóvenes y mayores que en el momento de conocer a Jesús se enamoran de Él, lo dejan todo (su religión, muchas de sus costumbres, a veces sus familias y sus pueblos) por seguirle y encuentran en la fe la libertad auténtica, el sentido de una vida nueva y plena. Conocí a muchos de ellos y me impresionaron y cambiaron.

No todo fue bueno, las dificultades también estuvieron presentes en esos años, incluso las lágrimas en algunas ocasiones. Pero hasta éstas me ayudaron a crecer como persona y como cristiano. No puedo sino agradecer de corazón a Dios la llamada que un día me dirigió y que tanto bien me hizo.

FERNANDO AZOFRA IBÁÑEZ 1995 – 2005

Después de un año y medio ya en nuestra querida tierra riojana, todavía se me van los ojos cuando veo a una persona de color por la calle, y no por tendencias racistas, sino todo lo contrario ya que me recuerda los años pasados en las tierras beninesas de Fô-Bouré.  Diez intensos años que recuerdo con mucho cariño y doy gracias a Dios continuamente por las experiencias vividas.

Años compartidos con tanta gente y tan diversa (de toda raza, lengua y cultura) y con los que nunca me he sentido forastero. Me han ayudado a descubrir la importancia de valorar a las personas por lo que son, criaturas de Dios, y no por lo que tienen. La importancia de estar con ellos, de compartir tantas cosas buenas que tienen, que Dios les ha dado.

Uno de los objetivos que nos marcamos fue la promoción de ciertos jóvenes, elegidos por la comunidad, para ser catequistas. Poco a poco surgieron de casi todas las comunidades para alimentar la fe y presidir la oración dominical en ausencia del sacerdote.

He convivido con gente que sigue la religión Tradicional baribá (22,46% en nuestra parroquia) y el Islam (63,58%), sin tener grandes problemas. Si alguno surgió procuramos resolverlo hablando. El 13,96% de población restante se divide entre las distintas confesiones cristianas (católicos, protestantes, nuevos grupos cristianos) Los católicos en nuestra parroquia de Fô-Bouré bautizados, catecúmenos y simpatizantes – suman un total no superior a las 2.500 personas.

Han sido años en los que Dios me ha dado la oportunidad de crecer como persona y madurar en mi vida tanto humana como cristianamente. Aprendiendo a dedicar el tiempo a los demás, siendo con ellos y para ellos acogida y servicio, valorando el día a día como un gran don de Dios para darnos a los demás en la rutina diaria que debe ser novedad en cada instante.

JUAN PABLO LÓPEZ MENDÍA 1996 – …

Dicen que la misión es dura, complicada, que hay que tener valor… no lo creo. No tengo ninguna cualidad especial, no tengo un don del Espíritu diferente a otros. No hago ningún esfuerzo especial para estar aquí. No me falta de nada. Me sobra casi todo. Y tengo un montón de gente maravillosa a mi alrededor que me ayuda a vivir la misión y la fe cada día.

Doy gracias al Señor por esta etapa de mi vida que estoy viviendo por aquí. Sé que es un punto muy reducido del mundo, pero aquí he caído. Y como Dios está, diré que cada día me levanto maravillado de cómo van caminando las comunidades y las gentes de nuestros pueblos. Sigo sin comprender, y no quiero hacer esfuerzos por comprender, por qué una comunidad crece, por qué otra se para, por qué otra no ha empezado durante muchos años y ahora corre… Y rezo porque es Dios el que lo hace todo. El tiene sus tiempos. Me acuerdo siempre de la genealogía de Jesús.

La misión aquí, en Africa, pide mucho tiempo de silencio antes de actuar. Es un momento largo, privilegiado, para ver, contemplar, analizar, intentar comprender el por qué de la vida de estas gentes, de sus costumbres, de su fe, de su alegría… Suelo decir que son casi cuatro años de silencio hasta que la lengua se desata y empiezan a salir las frases en las lenguas de por aquí.

He descubierto la importancia del envío realizado por Jesús de anunciar la Buena Noticia hasta los confines del mundo. Ciertamente aquí no está el fin del mundo, pero sí estamos en tierra de primerísima evangelización, pues el 97% de la población no conoce a Jesucristo (porcentaje entre los baribas; 99,9% entre los peuls). Y me quema el corazón que esto sea así. Es el regalo de la fe, que yo he recibido en mi familia, colegio, parroquia, seminario y parroquias en las que he vivido como sacerdote, y que no puedo dejar en mi interior. Y no deja de sonar en mi interior la sucesión de frases que dice San Pablo en la carta a los Romanos (10, 14-15): cómo van a creer si no lo han oído, y como lo van a oír, si no hay quien proclame, y como lo van a proclamar sin enviados. Yo me siento al 100% enviado por la diócesis y por mucha gente que no se atreve a venir por aquí, o que no va a venir simplemente, y que está feliz de que yo esté por aquí. Así que me siento enviado por ellos y por supuesto por la diócesis. Intento, por tanto, anunciar un poco el evangelio para que sea más conocido, y así estas buenas gentes puedan vivir en amistad con Jesucristo.

Puede salir de vez en cuando el pensamiento de si estoy haciendo lo que hay que hacer, si lo que llevo a cabo es lo que Dios quiere, si escucho al Espíritu… Reconozco que la oración me falta, ¡menos mal que hay mucha gente rezando por nosotros!, que a veces sigo mis ideas y pensamientos… Pero sé que en medio de todo esto Dios está y es Él quien guía. Así que a menudo le digo que Él sabrá lo que está haciendo a través de nuestras pequeñas manos. El está y no lo dudo.

La misión es un trabajo en equipo. Los compañeros, los primeros, cada uno con nuestra visión y nuestra sabiduría; los catequistas con su entrega generosa y gratuita a la obra de Dios. Yo soy un pequeño actor en medio de todo este tinglado en el que, lo vuelvo a repetir, la clave es el Espíritu de Dios que va haciendo.

La misión avanza y a marchas forzadas. No llegamos a todo.

ALBERTO FERNÁNDEZ MALANDA Diciembre de 1999 – Enero de 2001

Comenzó a tener contacto con Misiones Diocesanas en 1979. Mecánico de profesión, fue pasando sus vacaciones en Burundi y en Benin, poniendo a punto los coches, motores y grupos electrógenos de cuantos misioneros se acercaban a la Misión.

En el momento de su jubilación decidió hacer una estancia más prolongada en Fô-Bouré que duró 13 meses. Allí sigue teniendo muchos amigos que le recuerdan con cariñosa  nostalgia.

Gracias a Alberto, muchas otras personas han ido visitando la Misión Diocesana de Fô-Bouré. Citarlas a todas sin olvidar a nadie sería difícil. Por eso en Alberto personalizamos a los que han pasado por la Misión haciendo visitas más o menos prolongadas. Todos ellos contribuyen todavía a que las comunidades cristianas de la Misión de Fô-Bouré sigan creciendo y madurando.

MIGUEL  ÁNGEL  MIRANDA  MALDONADO 2002 – 2006

… 17, 18, 19 y 20. He tenido la suerte y el privilegio de estar y vivir allí durante los cuatro últimos años y de hacer el nº 5 en la lista de los sacerdotes diocesanos que han trabajado durante varios años por esas tierras.

Ahondando en la vida de las comunidades tengo que decir, porque lo he visto, que tienen un parecido muy próximo a lo que eran las primeras comunidades cristianas: es admirable el entusiasmo y la cara de sorpresa que manifiestan ante la Buena Noticia de Jesús; es de alabar cómo se reúnen con frecuencia para la oración, la celebración de la Palabra y para la Fracción del Pan …; es sorprendente el comprobar cómo ellos mismos son sus propios evangelizadores, a través de los numerosos catequistas benévolos; es admirable cómo estos catequistas (ellos y ellas) tienen hambre de formación, hambre que sacian acudiendo fielmente a todas las sesiones de formación aún a costa de muchos sacrificios …; y he comprobado con gozo cómo poco a poco también se van incorporando nuevos miembros a la Comunidad porque son bien vistos … y porque allí resonaba el… mirad cómo se ama!.

Respecto a mi experiencia tengo que decir que ha sido maravillosa. Remedando el cuento de El cazador cazado constato que a mí me ha sucedido como a él: de alguna manera yo también fui a la Misión como maestro  y salí convertido en discípulo-alumno; ellos me enseñaron lo que es y cómo hacer la verdadera Misión ad Gentes.

Comprobé in situ cómo los pobres nos evangelizan y cómo ellos son los primeros en el Reino …

Yo iba totalmente desarmado  y con la carencia de municiones  propias, como el hablar y entender la lengua francesa y sus lenguas nativas: el batonu, o el fulfulde … y ellos, con su gran amabilidad y paciencia, me fueron regalando dichas municiones; con su acogida, sus sonrisas, sus consejos y lecciones de palabras y frases cortas … me ayudaron para acercarme cada vez más a ellos y a quererles con todo mi corazón; mudo, sí, pero estando en medio de ellos.

Y… ¿todo fue camino de rosas? … no, no!: la malaria atacaba y contraatacaba de vez en cuando; las diarreas y las infecciones iban y venían, de cuando en cuando; el clima y los caminos fatigaban mi cuerpo muy a menudo; de tiempo en tiempo la morriña invadía mi corazón; el mutismo que, por obligación tenía que guardar en las homilías de las celebraciones y en las catequesis, también entristecía un poco mi alma …

Pero también tengo que proclamar que todas esas dificultades e inconvenientes eran superados y restañados gracias a la ayuda de esas gentes y a la respuesta tan maravillosa que estaban dando a la Buena Noticia del Evangelio.

También proclamo que nunca me sentí solo: en los momentos de oración personal sentía la presencia física del Señor y su consuelo, así como también sentía la presencia física de mis compañeros y el apoyo importantísimo que recibimos de nuestra diócesis de origen, tanto en las visitas de nuestro obispo y nuestro delegado, como de las visitas morales de las oraciones y numerosas cartas que recibía de las gentes de por aquí.

LUIS ÁNGEL MORAL ASTOLA Enero de 2006 …

Estoy en la parroquia de Fô-Bouré, la parroquia más grande en habitantes y en territorio de nuestra diócesis de Calahorra, con una gente fuertemente comprometida por vivir y mostrar el evangelio. No hay mucho que guardar ni custodiar, pues aquí más bien no hay nada. Pero tenemos una riqueza: el frescor de una iglesia que nace.

Venid y lo veréis es la respuesta de Jesús a esos primeros seguidores. Por lo que voy comprobando, la misión de Fô-Bouré está compuesta por comunidades vivas, que intentan hacer el seguimiento de Jesús como Iglesia, juntos a un mismo paso, dando solución a sus problemas, a su integración como grupo en su sociedad luchando contra tradiciones ancestrales, dándose a conocer como hombres y mujeres que viven felices el seguimiento de Jesucristo.

Son estas personas, los cristianos de aquí con sus catequistas los que han ido y oído,  los que día a día con su vida dan testimonio del plan salvador de Dios para el hombre.

No me puedo poner de ejemplo en lo que a la misión se refiere. A pesar de mis dificultades, me siento confiado ante Dios que actúa con nuestros pobres medios. Y es lo que estoy viendo en estas gentes: sencillos, humildes y confiados. Son ellos los que nos hacen vivir en esa confianza constante de que nuestro esfuerzo no es vano, que Dios está en medio de nuestras vidas, en nuestros problemas y en nuestros gozos, en las comunidades que empiezan y en las comunidades que toman fuerza y que nosotros somos los precarios medios alimentar a un pueblo hambriento. ¿Cómo va dejar Dios que se vayan sin saciarse?

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