Cuento de Navidad

Yona y Kanaika 

(Tomado de la Revista Misional Africana: Mundo Negro Nº 546, Diciembre 2009. Texto: Gerardo González Calvo, Ilustraciones: Fernando Noriega)

El Padre Estanislao Mulanga, un ugandés alto y enjuto, se quedó boquiabierto cuando sus superior provincial de la región de los Grandes Lagos le dijo:

–       Desde mañana perteneces a la provincia de Kenia: ¿Alguna objeción?

–       Hágase la voluntad del señor –le contestó con religiosa obediencia.

Se le formaron unas de sudor mientras subía las escalerillas del avión en el aeropuerto de Entebbe con destino a Nairobi. Nada más tomar altura el avión, un Boeing 707 de la compañía Kenya Airways, el Padre Mulanga divisó desde la ventanilla el Lago Victoria, azulado e inmenso. Pequeñas barcas faenaban en sus aguas. La distancia no era mucha, unos 700 kilómetros, tiempo suficiente para volver a reflexionar sobre su primer destino a tierras de misión en un país vecino, pero extranjero.

El Padre Mulunga lleva ya en Kenia siete años. Trabajó primero en Korogocho, un barrio marginal de Nairobi. Desde hace cinco años se encuentra entre los pokot de Kacheliba. No ha revelado a nadie su verdadera identidad tribal: es karimoyón por parte de padre y acholi por parte de madre. Sabe que los karimoyón son enemigos encarnizados de los pokot. Los dos pueblos se dedican al pastoreo de vacas y los robos están a la orden del día. Hasta hace pocos años unos y otros atacaban los poblados con lanzas y flechas, para robar el ganado y las mujeres. Ahora lo hacen con Kalashnikov.

Las muertes han aumentado considerablemente. Ni los pokot ni los karimoyón tienen la convicción de que roban, porque ambos pueblos han alimentado la leyenda de que Dios les ha otorgado todas las vacas que hay en el mundo. Con este principio, nadie tiene conciencia de que roban, sino de que toma lo que es suyo.

***

Kacheliba está en el corazón del West Pokot, una región incrustada en pleno Valle de Rift, próxima a la frontera con Uganda. Cerca de Kacheliba se levantan los montes Cherangany. En la llanura discurre el río Suan, con aguas turbulentas, de un color achocolatado. La mayoría de los pokot se vistes con una simple túnica rojiza; llevan siempre consigo una lanza y u apoyacabezas, que les sirve de almohada para sestear  y de minitaburete para sentarse.

Como todas las tardes, el Padre Mulunga coge su cayado y va a visitar a Mukuruku, un anciano vigoroso , a pesar de que, según sus nietos, ha rebasado ya los ochenta años. El padre de Mukuruku sirvió de intérprete a Winston Churchill cuando éste visitó Kenia en el otoño de 1907, poco después de ser nombrado subsecretario del Estado para las Colonias. Lo conoció en Kilindini –llamada después Mombasa-, donde tabajaba en la construcción del muelle. Así se lo ha contado con orgullo Mukuruku al Padre Mulanga. Y es probable que hoy se lo recuerde una vez más. Pero al Padre Mulanga le preocupan otras cosas.

Por la mañana, después de celbrar la Misa el día 3 de diciembre, festividad de San Francisco Javier, le dio vueltas a la idea de celebrar un Nacimiento viviente. Cunado le quedan pocos metros para llegar a a cabaña de Mukuruku, se le acerca Katulo, un joven de doce años que arrastra los pies debido a una poliomielitis, y le suplica llevándose a mano al estómago:

–       Father, kemoy (Padre, hambre)

El Padre Mulanga mete la mano en un bolsillo del pantalón y le da dos galletas. El chico hace una pirueta inverosímil y suelta un grito de alegría. El misionero mira alrededor y ve los campos resecos y sembrados de espinos. Observa unas vacas macilentas con los costillares muy marcados. No las quisieron los karimoyón cuando hace unas semanas atacaron el poblado y robaron el ganado más gordo. En otras épocas menos socarradas por la falta de lluvias crecen buganvillas, adelfas, acacias, tamarindos, euforbias, jacarandas, el árbol del fuego, el árbol del tulipán, naranjos, limoneros, papayas, guanábanos, plátanos y verdean maizales vigorosos.

-Los espíritus de los antepasados están muy enojados- le dice el anciano Mukuruku- porque los jóvenes han perdido el respeto a los mayores y desprecian las tradiciones. Ayer vino a verme un jovenzuelo, un tal Yona, que al parecer se quiere casar con una de mis nietas, Kanaika, y se encaró conmigo con estas palabras: Ndomo wako unanifuata.

El Padre Mulanga sabe uy bien lo que esto significa. “Tu boca me sigue”, y lo que le quería decir Yona: que había hablado mal de él y que sus palabras, o sea su boca, andaba por los mercados y los poblados causándole daño. Le acusaba, en definitiva, de maledicencia. Se basaba en que hace unos meses Mukuruku estuvo hablando varias horas con Yona sobre su vida, su familia y su trabajo, porque deseaba conocer las verdaderas intenciones del joven con su nieta Kanaika. Le dice refunfuñando al Padre Mulanga:

-Este jovenzuelo, que ni siquiera lleva un año iniciado, pertenece a las personas del maíz y toda mi familia es de las personas de la vaca. ¿Es que pretende pagar la dote de mi biznieta con mazorcas de maíz? No lo quera Tororot.

El Padre Mulanga no quiere contrariar al anciano Mukuruku, quien, al evocar a Tororot, el Dios supremo para los pokot, demuestra que habla muy en serio. Charla con él de su salud y del cariño que le dispensa su larga parentela y le obsequia con una bolsita llena de caramelos de menta. El anciano, que es muy goloso, le da las gracias en suahili juntando las manos:

–       Asante, sana.

Al salir de la cabaña de Mukuruku, el Padre Mulanga observa que el sol se encamina a marchas forzadas hacia los montes Chereangay. Sabe que no tardará en anochecer. Varios pastores vuelven con sus vacas raquíticas a las empalizadas. Los gritos de unas niñas saltando y jugando a “La cadena” rebotan en el monte y alegran el poblado. Las niñas dejan de practicar este juegos después de estar circuncidadas. La idea de un Nacimiento viviente vuelve a acuciarle. Piensa casi en voz alta:

-Pastores y un niño que haga de Jesús me sobran. También abundan los burros y las vacas. No será muy difícil colocarlos en el establo. Pero, ¿quién podrá hacer de José y María?

15 de diciembre: faltan diez días para la Navidad. El Padre Mulanga tiene ya concretado un número de seis pastores, cinco de ellos bautizados y otro todavía catecúmeno. Tamoco ha tenido problemas para encontrar a los Reyes Magos: dos catequistas de Kacheliba y otro de Amakuriat, que está pasando unos días con sus padres.

Recuerda, de pronto, que cuando estaba estudiando Teología en el Colegio Urbaniano de Roma le regalaron por su cumpleaños la novela Don Camilo de Giovanni Guareschi, para familiarizarse con el italiano. Le impresionaron no tanto las controversias y las barrabasadas entre el sacerdote y el alcalde comunista Peppone, cuanto las conversaciones que mantiene Don Camilo con el Cristo del altar mayor. Se arma de valor, va a la iglesia y le dice a un Cristo tallado en madera de ébano, con los brazos arqueados y las manos vueltas hacia abajo:

-Mira, Jesús, aquí no tengo yo los problemas del cura Camilo, aunque sabes muy bien que existen peleas con peores consecuencias entre mis hermanos karimoyón y los pokot donde me has mandado a pastorear.

Sorprendido, oye la voz del Cristo:

-Estanislao, ¿por qué has dicho mis hermanos karimoyón y los pokot? ¿Es que éstos no son también tus hermanos?

El Padre Mulanga agacha la cabeza y se disculpa:

-Habrá sido un lapsus. Tu sabes que quiero a los pokot como a mis hermanos karimoyón y que formé parte del comité que enterró las dos lanzas en la frontera en señal de reconciliación. Mira, ahora tengo un problema. Como sabes, quiero hacer un Nacimiento viviente para recordar tu venida a este mundo.

Ya tengo la vaca, el burro, los pastores y los Reyes Magos. También el niño que te representa, ya sabes, el hijo de Karené, una de las nietas el anciano Mukuruku. Es hermoso, rechoncho, con los brazos fuertes como un guerrero…

– Estanislao, no debes penar eso.

-¿Qué, Señor?

-Ibas a decir karimoyón.

-Pero no lo dije.

-Sabes muy bien que la Iglesia no juzga los pensamientos, pero yo sí.

-Mira, Señor, si te parece vamos al grano. ¿A quién puedo elegir para representar a tus padres José y María? Ayúdame, por favor.

-Yo, en tu lugar, buscaría a una mujer pokot y a un hombre karimoyón.

-Aquí será muy difícil encontrarlos.

– Tú conoces a tres familias karimoyón.En una de ellas está Elanyangiko, que, como sabes muy bien, significa correr más que las balas.

– Es verdad, pero sería una imprudencia exponerlas en público, sobre todo a Elanyangiko, un guerrero muy aguerrido. Sólo lo sabemos Tú, ellas y yo.

El Padre Mulanga advierte la presencia de alguien en la iglesia. Es Katulo, que ha entrado sigilosamente.

-Anda, atiéndele- le dice el señor en voz baja.

-¿Llevas aquí mucho tiempo?- pregunta el Padre Mulanga a Katulo con la voz algo turbada, cmo si le hubiera pillado haciendo algo improcedente.

-Sólo unos segundos- mientras Katulo, que ha observado atentamente los gestos del misionero, pero sin oír una sola palabra- Me pareció que hablaba usted solo.

-Rezaba, Katulo, rezaba al señor, que pronto volverá a nacer en Kacheliba. ¿Quieres hacer de zagal en el Nacimiento viviente?

-Por mí, encantado. Me vestiré con una piel de cabra.

El Padre Mulanga ha hablado con Elanyangiko, pero se ha negado a hacer de San José. Ahora sólo le queda una opción: convencer a los padres de Yona y de Kanaika. Los dos tienen 16 años. Sus familias apenas se hablan, pero los chicos no disimulan su atracción mutua.

24 de diciembre: 12 de la mañana. El sol brilla con todo su esplendor.  A la sombra de un gran tamarindo se arracima la gente, para no perder detalle. Un niño robusto agita as manos enfundado en unos pañales. Una vaca rumia algunas ajas y un burro espanta as moscas con las orejas, puntiagudas y ágiles.

Junto al niño, inclinados, están Yona y Kanaika; ella vestida de blanco; él, de rojo, con un bastón largo en la mano. Se miran furtivamente. Seis pastores y un zagal llevan sobre sus hombros unos cabritillos. Los tres Reyes Magos sujetan en sus manos las ofrendas del oro, el incienso y la mirra. Un gran estrella cuelga de una rama del tamarindo.

El Padre Mulanga grita emocionado:

-Tororot es nuestro huésped. Paz a los hombres de buen voluntad.

Algo alejado del grupo está Mukuruku, sentado en un silla de mimbre, rodeado de sus hijos y de varios nietos. El Padre Mulanga se acerca a saludarle. Todas las miradas se vuelven a ellos, también la de Elanyangiko, que se ha hecho un hueco con su mujer y sus tres hijos entre las primeras filas.

-Que Tororot sea contigo –le dice el Padre Mulanga, apoyando sus manos en los hombros del anciano. El maíz y las vacas iluminan este gran día.

Mukuruku sonríe y musita, mirando a los padres de Kanaika:

-Ese jovenzuelo no hace mala areja con mi nieta.

Los hijos asienten y el Padre Mulanga asegura:

-Lo que Tororot aproxima que no le separe el hombre.

El niño envuelto en pañales lloriquea. Yona y Kanaika lo acarician, pero no consiguen calmarlo. Se acerca la madre, Karené, lo coge en brazos, saca un pecho y le da de mamar. El niño chupetea con ansia. Todos aplauden y vitorean, cantando al unísono un villancico pokot:


Tororot nos ha mandado a su hijo:

¡ohé, ohé, ohé!

Hoy es un día grande,

las vacas dan leche abundante,

nuestros toros están fuertes

y los hijos están sanos.

Tororot nos ha mandado a su hijo:

¡ohé, ohé, ohé!

 

Al Padre Mulanga se le escapan unas lagrimas. Cuando el gentío se dispersa, se acerca a la iglesia y le dice a Cristo:

-has estado magnífico, Señor.

-No te podía dejar en la estacada.

-¿Crees que Yona y Kanaika hacen una buena pareja?

-No quisiera desmentir a Mukuruku. Ma miraron con mucho cariño cuando empecé a llorar.

-Pero, ¿sabes lo que te digo? Si les echas una mano con la lluvia, crecerá el maíz, las vacas comerán buenos pastos, engordarán y darán leche en abundancia.

El Padre Mulanga junta las manos, suplicante, y da media vuelta para direigirse a la calle. “Algo habrá que hacer”, oye a sus espaldas.

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