Destinos y vidas diferentes

Hoy jueves, uno de junio de este año del dos mil seis, nos hemos enterado, gracias a Radio Nacional de España, del fallecimiento de la tonadillera Rocío Jurado. Una  artista española, que en su estilo, destacó por sus merecidos méritos. Las emisiones radiofónicas, durante todo el día, han destacado su valía dentro de su género artístico. Han difundido su trayectoria artística y personal. Los periodistas no han dejado pasar desapercibida su larga enfermedad, ni la fuerza de voluntad y amor a la vida que Rocío demostró durante su prolongada convalecencia; así como las clínicas y médicos a los que recurrió con la esperanza de aliviar y verse libre de su mal.

Todos los españoles, aficionados a no a este género musical, recordaremos algunas letras de sus canciones, yo en concreto recuerdo: “como una ola”, y asociaremos a esas letras la imagen de una mujer esbelta, con el pelo bien cuidado y con el sentimiento a ras de piel mientras interpretaba sus canciones.

Pero; ¿qué tiene que ver Rocío Jurado con la Misión de Fô Bouré?. Pues, sinceramente nada, para ser sinceros. La única conexión que tiene Rocío con la vida de la misión es el hecho mismo del sufrimiento y de la muerte. No quiero que estas letras sean motivo de alarma, ni motivo de culpa, ni motivo de cualquier cosa negativa o que un espíritu derrotista empañe, aunque como digo el nexo de unión sea, como he dicho, el sufrimiento y la muerte.

En este día de junio no me “ha tocado” salir a los pueblos para hacer la catequesis, mi actividad del día se ha limitado a cerrar las cuentas del mes de mayo, el seguir estudiando las lenguas del francés y el bariba, y alguna cosa más. Ha sido un día tranquilo y distendido. La radio, con la noticia del fallecimiento de Rocío Jurado, ha sido mi compañera en esta jornada. A las siete de la tarde cerré las gramáticas, los libros de cuentas y todo aquello que de provecho pude hacer en este día y abrí, como un estreno de cine , la novela “Noticias de un secuestro” de Gabriel García Márquez.

Sumergido en la lectura, sobre las ocho menos cuatro de la tarde-noche, el chasquido de los dedos de mi compañero Juan Pablo llamando a mi puerta me he hecho salir a flote. Viene a decirme que las hermanas del dispensario tienen a una niña grave y que hay que trasladarla al hospital. La niña se llama Djamila, no tiene los dos años cumplidos, es de la etnia gando y sufre desnutrición grave. El hospital dista de Fô Bouré unos 45 Kilómetros por pista, es el hospital de Gere que lo regentan misioneros laicos protestantes. Hemos quedado que yo haré el traslado al hospital. Juan Pablo va hacia el garaje para cerciorarse que el coche esta dispuesto para el viaje: las ruedas, el depósito lleno…, mientras me calzo las zapatillas oigo el motor del coche, y unos instantes más tarde veo sus luces que reflejan mi silueta cerrando la puerta de mi habitación. Antas de salir las recomendaciones para este primer, y no será el último traslado al hospital: “ no corras, no llegaras antes aunque quiéras. La pista está bien, pero juega malas pasadas a los neumáticos, y hoy es un día propio, pues ha llovido”.

En los escasos minutos que me costó recorrer los 500 metros que distan la misión del dispensario y casa de las hermanas, van pasando por mi mente, como fotografías, la pista a recorrer: el cruce de Tume, la travesía de Kokabo, los agujeros cerca del campamento peul, la pequeña pendiente con piedras sueltas, el trozo de pista inexistente pues en las últimas lluvias el agua la arrastró… un discurso de imágenes que me ponen en guardia.

El portón del dispensario está abierto. Ágata la cocinera de las hermanas, avisa de mí llegada. Très hábitos blancos hablando “fon” se van acercando hacia el coche . Cerca ya de éste los hábitos toman cuerpo y en ellos distingo a Sor Julia enfermera diplomada y superiora de la comunidad, a Sor Lucía que en brazos lleva a Djamila desnuda y cubierta con un paño, y por último a sor Rose que ha ido en busca de la madre que está recogiendo sus cosas, sabiendo, que en el mejor de los casos, tendrá que quedarse en el hospital con su hija una buena temporada.

La partida parece que se complica en un primer momento, Djamila no está bien, su poco aliento y la fatiga de estar ya varios minutos contracorriente hacen dudar a las hermanas del viaje al hospital. Al final, con las reanimaciones que entre Sor  Lucía y sor Julia le van haciendo, deciden de partir.

Por el retrovisor interior puedo ver a Djamila con los ojos casi en blanco, a sor Julia de vez en cuando acercándole a las narices un vasito con algún producto que ayuda a Djamila a mantenerse en su lucha contra la muerte. Decido prestar plena a atención a la pista y conducir el 4 x 4 por las zonas más llanas evitando así los saltos incómodos en los asientos traseros donde las hermas se entregan en cuerpo y alma a que Djamila llegue con vida al hospital. Al lado de ellas, callada y observando tímidamente, está la madre de Djamila que en le silencio del viaje no deja de observar discretamente el porvenir de su primera hija.

El camino se hace eterno, y para colmo, el vaso de agua con el que de vez en cuando aliviaba la sequedad de la boca de Djamila ha caído por tierra por el inevitable bache de la pista. Sor Lucía me pide si en el coche llevo agua. Maldecía en este momento no haber cogido mi botella que siempre tengo sobre mi mesilla, como fue mi intención antes de cerrar la puerta de mi cuarto y partir para este viaje.

La oscuridad de la noche era plena, recorrimos unos cuatro kilómetros desde que el vaso cayó al suelo y llegamos a Kenekou, el penúltimo pueblo antes de llegar a nuestro destino. Un grupo de gente, hombres en su mayoría, se encontraban sentados debajo de un árbol tomando la fresca, al llegar a su altura pedimos agua con desesperación: “nim, nim, nim”. El más decidido del grupo se acercó al coche y al ver a las hermanas que reanimaban a Djamilia soplándole fuertemente en uno de los oídos, no dudo en correr en busca de agua viendo la gravedad del asunto.

La luz interior del coche hizo posible que varios curiosos calmaran su curiosidad y alguno de ellos expresara su asombro y disconformidad de lo que se le grababa en las retinas.

Quien sabe si la pequeña parada o el agua que nos dieron fue cosa milagrosa, el caso es que Djmaila comenzó una ligera mejoría haciendo el resto del trayecto un poco más calmado y sembrando en todos nosotros un poco más  de esperanza.

Al llegar al hospital, por decir algo, nos encontramos con el caos propio de los edificios en obras. La sala de urgencias se había convertido en el almacén de los útiles de obras y los distintos departamentos, de una única planta, se mostraban poco iluminados y repletos de enfermos en su descanso de la noche. Ninguno sanitario o médico a quien recurrir. “¿Es qué no hay un médico?, ¿quién atiende a los enfermos, a las urgencias?, ¿dónde está el director del hospital?” podrían ser las preguntas que todos nos haríamos, e incluso en un tono airado, motivados por el nerviosismo de la situación. Pero esto es África, el Benín, unas de las zonas más pobres donde las haya, donde una consulta médica se considera una artículo de lujo.

El Guadián del hospital al vernos pedidos, de ir de aquí para allá en busca de alguien que nos atendiera, dejo su habitual ronda para indicarnos donde teníamos que dirigirnos y nos mostró un pequeño reservado donde la madre y la hija podrían esperar hasta que el médico le atendiera. Así lo hicimos, dejamos a Djamila con su madre y con la compañía de Sor Lucía, Sor Julia y yo fuimos en busca del médico con las indicciones del guardián. Nos encontramos con un enfermero que no puso mucho entusiasmo ni celo en le caso que planteábamos, justo en el momento que a uno le gustaría gritar por impotencia apareció el médico, un francés con varios años en este hospital que pronto atendió nuestra demanda de auxilio.

Auscultó  a Djamaila y nos dijo que la situación era muy grave y la perdida en los próximos días no se podía descartar. Por el momento estabilizaría a Djamila y la sondaría para administrarle suero y que llevaría el control de su estado durante la noche. Él mismo busco un lugar en las habitaciones abarrotadas de enfermos para que en ella descansaran madre e hija, una luchando por vivir y la otra con la incertidumbre del mañana.

El camino con sus incidencias, la búsqueda del médico, su atención, el ingreso de Djamila y su madre dieron como resultado el paso de tres horas de reloj. Eran las once de la noche cuando salimos de regreso hacia Fô Bouré. Los diez primeros minutos de regreso fue una muestras de satisfacción de haber podido llegar al hospital de Gere con Djamila aún viva y en nuestro interior, a pesar de la gravedad, crecía la esperanza de que Djamilia saldría adelante. La satisfacción dio paso al sosiego, apoderándose de las compañeras de viaje, puede ver por el retrovisor como Sor Julia en el asiento trasero cayó dormida, mientras yo me imaginaba su pensamiento en la tranquilidad de su sueño: “si hubiera venido al dispensario una semana antes, esta fatiga y sufrimiento se podrían haber evitado”. Sor Lucia en el asiento del copiloto, en silencio, atendía a la pista y en su rostro también se reflejaba el cansancio y al igual que como sor Julia me imaginaba en que iría pensando. Probablemente su pensamiento sería una súplica de acción de gracias.

Y podréis preguntaros en que pensaba yo; pues yo pensaba qué distintas son las vida de los hombres, cada una bien diferente. Cómo nuestro mundo, ambiente, familia…  en cierto modo marcan nuestra propia existencia. Me venía al pensamiento Rocío Jurado, la noticia de su muerte, los elogios que de ella se decían, el reconocimiento por su carrera, la familia que dejaba…, todo aquello que la muerte trunca y pone en ese momento triste en relieve, lo que una persona ha sido o ha hecho en la vida. Al mismo tiempo la imagen de Djamila, su pequeño cuerpo luchando por sobrevivir me venía a la mente y pensaba que diferente somos, ¿quién halagará su corta existencia?, ¿quién la recordará de aquí a un año?…

Son las dos de la madrugada , estoy acabando esta crónica, de un día, que me hace pensar en mi propia existencia. sólo puedo decir y decirme: somos dueños de nuestra propia vida, en nuestras manos está muchas veces nuestro propio destino, donde hemos de trabajar y poner lo mejor de nosotros mismos y ante las adversidades de la vida sólo nos queda la esperanza y la confianza de lo que hemos pretendido en nuestra vida que se haga realidad y de los que tenemos fe en Jesucristo que esa esperanza en la Vida Nueva venza nuestra propia muerte, como en su Resurrección.

3 de junio, un angelito más en el cielo: Djamila murió ayer fatigada de luchar.

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