Benin: pequeño, pobre, acogedor…

Llegamos bien entrada la noche a Cotonou, capital económica de un pequeño país del África Occidental, antiguo reino de Dahomey de donde en el siglo XVIII salían los esclavos rumbo a América,  hoy conocido como Benín.  Al bajar del avión sorprende el golpe de calor que te recibe cuando aterrizas en África.  Era un viaje diferente a otros por la suerte de ir acompañados por un equipo de TVE (algunos pisaban el continente africano por primera vez) y la excitación podía verse claramente reflejada en sus caras.  Iban dispuestos a captar hasta el último suspiro de ese mágico continente. Texto: Sonsoles Fernández Iriondo. Fotografías: Mª Eugenia Diaz y Sonsoles Fernández Iriondo.

Benin es un país pequeño, tranquilo (carece de riquezas naturales), hospitalario y generoso en sonrisas. Nos esperaban en el aeropuerto Florent, gracias a quién pudimos disponer de un cómodo minibús y dos conductores, François y Philippe, benineses, dispuestos a hacer de nuestra estancia en su país un viaje difícil de olvidar.

Madrugamos para salir hacia Fô Bouré, el pueblo de la Luz -como lo conocen por todo el Norte del país- cargados de maletas, trípodes, cámaras, micrófonos y todo lo que un equipo de televisión necesita para captar la inmensidad e intensidad de África. El camino fue largo. A medida que nos dirigíamos hacia el Norte y la mañana avanzaba el calor se hacía insoportable, pero el entusiasmo no decaía.

Primera parada en las canteras de piedra de Dassa, a mitad de camino, donde niños y mujeres pasan sus días picando piedra hasta convertirla en gravilla que venden a los constructores para la cimentación por dos euros el barril. Un trabajo duro del que nadie se queja. Las mujeres con sus bebés atrapados en sus espaldas, los niños apenas superan los diez años.

Evangelizar con hechos

Seguimos a nuestro objetivo más al norte, en el medio rural, un poblado lleno de encanto donde se encuentra la parroquia de los sacerdotes diocesanos de La Rioja que ocupan la misión desde hace años. Es fácil saber que has llegado ya que te reciben 24 farolas repartidas por la arteria principal del pueblo, que han permitido a la población vivir con más seguridad y ampliar sus horarios. Es el único poblado del norte que cuenta con farolas alimentadas por energía solar y totalmente autónomas. Un proyecto cofinanciado por Manos Unidas y Energías sin Fronteras.

En la misión nos esperaban Juan Pablo, trece años en Benin, y Luís Ángel, que llegó hace tres y está completamente integrado. Durante tres intensos días vivimos la actividad del pueblo y los cambios que se han producido en él y su entorno desde que comparten con ellos. Llegan a evangelizar pero lo hacen a través de los hechos, no sólo de la palabra, que también.  Les enseñan a conocer a Jesucristo a través de su cercanía, su  presencia y se preocupación por los  problemas cotidianos.

El verdadero lujo

Fô Bouré tiene un depósito de 30 metros cúbicos de capacidad que canaliza el agua hacia doce fuentes estratégicamente colocadas por todo el pueblo.  Hay un centro para niños mal nutridos; un centro social;  una biblioteca;  embalses;  dispensarios rurales donde las mujeres acuden a dar a luz evitando la muerte de madres e hijos; escuelas de primaria y secundaria; cooperativas de karité;  molinos de harina y  de arroz.  Y aunque la vida sigue siendo la  de cualquier poblado africano, la sensación supera cualquier expectativa. Un paraíso, lo llaman ellos. Y las farolas, que aunque aquí resulte difícil de entender porque la luz es lo natural, allí son la vida del pueblo. Los adolescentes estudian, los niños juegan, las mujeres se trenzan el pelo y los hombres se reúnen, todo eso entorno a unas farolas.

La magia de un video proyector recién llegado, proporcionó una sesión de cine inolvidable: el milagro de la imagen plasmada en la pared de la iglesia, todo el mundo  disfrutando, los niños abrazados a nosotros como si lleváramos toda la vida juntos. Sensaciones que solo de pueden vivir en un poblado del África profunda. Y el equipo de televisión sin perderse un solo momento. Un auténtico lujo.

Otro lujo fue la visita a un campamento peul, el campamento de Issa y sus dos mujeres, Mariló y Madame, con cinco hijos cada una. Las más pequeñas, Moniquí y Madeleine, acaban de echar a andar. Los peul son una etnia que se encuentra en toda la franja del Sahel, nómadas dedicados a la ganadería, entre los que es difícil confundirse e introducirse. Cuestión de intentarlo. Los misioneros lo hacen.

De Fô Bouré avanzando hacia Níger, llegamos a Kandi donde Manos Unidas ha apoyado la construcción de un bloque operatorio en el hospital de Fafa. Allí nos esperaba Rafael, el auténtico misionero instalado desde hace más de treinta años en el país. Si no fuera por su color de piel podría confundirse con uno de ellos a pesar de ser maño, muy maño.  Con él visitamos el hospital comprobando el enorme servicio que presta, ya que antes la población se veía obligada a desplazarse hasta 300 Km para acceder a los mismos servicios. Y es que nadie quiere ir al norte donde el clima castiga y no hay acceso a lo más básico para el ser humano: el agua. Para encontrarla los misioneros perforan pozos y más pozos en los poblados más remotos, donde mujeres y niñas están obligadas a desplazarse hasta 5 Km diarios para llenar un barreño.  Los pozos les ahorran tiempo y esfuerzo y por eso, como nos cuenta Hervé, otro misionero que comparte la misión de Banikoara con Rafael, se han convertido en poceros. Y es que su forma de evangelizar es estar a su lado y con ellos intentar mejorar sus condiciones de vida.

Enseguida tuvimos que despedirnos para llegar a Bembereké, más al sur y ya de regreso a Cotonou. En Bembereké, la parroquia más extensa de la diócesis de N’Dali, está Encarna, nuestra querida Encarna, Dominica de la Anunciata. Con sus 73 años, la vitalidad y el entusiasmo con los que nos recibe nos quedan a todos perplejos. Se pasea por Bembereké como si fuera la Gran Vía de Bilbao, que esa es su tierra, o lo era, porque ya lleva 30 años compartiendo su vida con los africanos, primero en Costa de Marfil y luego aquí. A pesar de los años en África todo le conmueve y le da energía: construye pozos y escuelas; forma cooperativas de mujeres y recorre hasta 100 Km. diarios por caminos intransitables para llegar a un poblado y sensibilizar a las mujeres explicándoles lo más básico. Con naturalidad y sencillez, asiste expectante al trabajo del equipo de  TVE,  todo lo captan,  todo lo graban,  disfrutando del espectáculo.

Vuelta a casa

Llega la hora del regreso. La vuelta  a Cotonou la  emprendemos con un pasajero extra. Un peul con un tumor en el cuello que por primera vez abandona su poblado para irse a operar al “Mercyship”, un barco canadiense anclado en el puerto de Cotonou. Nos piden que le acerquemos y por supuesto lo hacemos. Ingresarle en el barco no fue fácil pero mereció la pena. Volvió a su poblado un par de semanas después feliz y entusiasmado. Eso nos contó Encarna.

Un visita antes de partir para Madrid, compartimos con Damaris, Aura Estela y María Eugenia, Terciarias Capuchinas que trabajan desde hace muchos años formando y dando aliento a  jóvenes dedicadas al  servicio doméstico, unas horas de su trabajo.  Las hermanas suplen con su afecto y con mucha formación, las grandes deficiencias de estas jóvenes vapuleadas y solas, en medio de las grandes dificultades económicas por las que pasan para   mantener el centro, en el que además se encuentra un  dispensario por el que pasan alrededor de 100 pacientes cada día.

Y volvimos porque teníamos que volver. Porque no es fácil la vuelta. Hay que dejar atrás un país lleno de riquezas  a pesar de su pobreza y lleno de gracia a pesar de su desgracia. Porque cuando uno se siente atrapado está perdido.

Publicada en el Boletín trimestral de Manos Unidas, nº 176 julio-septiembre 2009

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