África es un continente de alegría y esperanza.

He tenido la suerte de estar durante tres semanas en el continente africano, en la misión que la Diócesis de La Rioja tiene en Fô- Bouré, Benín.

Me resulta difícil lo que viví con este pueblo y con los misioneros que comparten su vida con ellos. Lo que si es cierto es que ha sido una experiencia me ha tocado el corazón.

Todos los días me acuerdo de toda esa buena gente que allí vive, y que en medio de muchas dificultades, es feliz.

Desde que se llega a la capital ya se nota el gran contraste que hay entre Europa y África. No existen las comodidades que aquí tenemos, incluso en los mejores edificios, algo tan sencillo como la luz y el agua, son un lujo, y están supeditados a unos generadores que funcionan si las condiciones atmosféricas no lo impiden. Las calles, los mercadillos, restaurantes, fábricas… todo es diferente, aunque también se nota la aglomeración que lleva a la gente a ir de un lado para otro.

El pueblo de la luz.

Poco a poco, después de muchos kilómetros por caminos de tierra en los  que no existen normas de circulación, pero en los que todo el mundo sabe lo que tiene que hacer, se llega a Fô- Bouré, llamado el pueblo de la luz, porque los misioneros han conseguido a través de diferentes organismos, instalar 24 farolas que funcionan con paneles solares y eso, en África, es un lujo.

Hay mucha pobreza, sus casas son muy elementales, la alimentación es escasa en nutrientes básicos, las mujeres trabajan de sol a sol picando piedra, en una cooperativa de aceite de karité, sacando agua del pozo, y haciendo las tareas diarias,  sin ningún tipo de comodidades, siempre con un niño a la espalda. Los  hombres sacan la piedra de las canteras para que la mujer la pique, y trabajan en el campo cuando hay cosecha.

Los niños un poco más mayores van a la escuela, a veces andando bastantes kilómetros, y ayudan en todo lo que haya que hacer. Los más pequeños corretean, prácticamente desnudos y descalzos.

La vida se hace en la calle, no existe la soledad, todos están con todos, los niños abandonados siempre tienen alguna familia que los acoja. La paz que se respira es indescriptible, no hay prisas ni estrés, y todo se hace. Son acogedores y todo lo mejor que tienen te lo dan. No se aferran a las cosas, porque no tienen a qué aferrarse, ni miedo a perder nada que no poseen.

Es injusto ver cómo carecen de lo esencial, hoy en día que hay tantas posibilidades y que ha avanzado tanto la ciencia. Los misioneros les proporcionan medicinas para las cosas más sencillas, pero a veces necesitan otros cuidados, y si no tienen dinero no lo pueden adquirir,  se conforman y se dejan morir porque  no pueden pagar.

Tienen la alegría, la humanidad y la sencillez que nos falta a nosotros. ¿Por qué el progreso nos vuelve tan egoístas? ¿Por qué nos resulta tan difícil conformarnos con lo necesario y que todo el mundo lo tenga, y vivir más felices y más cercanos unos a otros?

Ni todo lo de allí es bueno ni todo lo de aquí es malo, hay muchas cosas que mejorar en unos y en otros, pero esa sencillez y paz que transmiten, disfrutando con la cosa más pequeña, me hizo reflexionar e intentar cambiar de actitud ante la vida.

Comunidades vivas

Los misioneros están en la diócesis de N´Dali, al cargo de la zona de Sinandé formada por 24 comunidades cristianas. Viven en Fô- Bouré. Muchas veces hemos oído hablar de comunidades vivas, éstas son las que nos sirven de ejemplo. Son comunidades nuevas, que han luchado y luchan por salir adelante, a veces hasta perdiendo su trabajo por ser cristianos. Los catequistas son los que llevan  todo; sin ellos, los sacerdotes no podrían hacer nada. Las capillas son sencillas,  sin grandes ornamentos, algunas no resisten el paso de la lluvia y el viento cuando es la época. En otras unos troncos sirven de asiento y las paredes de una casa, de apoyo.

Hay comunidades numerosas y con gran empuje, algunas todavía no terminan de arrancar, pero en todas las celebraciones prevalece la alegría y un gran respeto y convencimiento de lo que hacen. Se reúnen todos, mayores, niños, jóvenes, sin hacer apartados especiales. Allí comprendí desde lo profundo, el sentido universal de la Eucaristía, no hablábamos el mismo idioma, pero no era necesario, estábamos viviendo el mismo sacramento, y eso nos unía, por encima de razas, de culturas, de formas, estábamos juntos,  participando del mismo cuerpo de Cristo y recibiendo la gracia de Dios que a todos nos llega.

Los misioneros han conseguido muchas cosas, poco a poco, a lo largo de 24 años de estancia allí, pasando momentos duros y momentos buenos, dificultades y alegrías y poniéndolo todo en manos de Dios sin dejar de poner su granito de arena. Cada uno tenemos que transmitir el evangelio, allí donde nos encontremos, desde nuestro sitio, sin envidiar ni querer ocupar el  del otro. Unos están en la vanguardia y otros en la retaguardia, pero todos somos necesarios.

África es un continente de alegría y esperanza,  es necesario ir con los ojos y el corazón abiertos para escuchar, no para imponer. Sus gentes tienen mucho que decirnos. El silencio es muy importante para aprender, el idioma es una gran dificultad, y las costumbres no son las mismas. Allí se aprende a vivir la universalidad, a escuchar, a ver que todo no gira a nuestro alrededor, ni somos poseedores de una única verdad. Sus gentes sencillas transmiten paz, acogida…, una serie de valores que son necesarios para ir creciendo poco a poco en ese amor que Dios nos da y quiere que transmitamos, y para tratar de construir un mundo más justo y solidario.

Ana Sainz Tres (Delegación de Misiones de La Rioja)

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