Crónica de una tarde en Buró: catequesis en un pueblo de la misión de Fô Bouré

Son las cuatro de la tarde del jueves siete de marzo. Me dispongo para ir a Buro a la catequesis. Juan Pablo, mi compañero, ha salido hace ya cinco minutos en la misma dirección que yo he de tomar. De esta manera: saliendo uno antes, nos evitamos el tragarnos el polvo de la carretera que por esta época empieza a sentirse más, aun si cabe. Estamos en el momento más caluroso, marzo-mayo, de la estación seca (octubre-junio). Ahora mismo el termómetro de la misión marca, en el interior de nuestros edificios, 35 grados y 30% de humedad.

Mientras me dirijo al garaje para sacar el coche una mujer con su inseparable niño a la espalda, me saluda:

–       “ka yioka” (buenas trades); y me pregunta: “a do Narero?” (¿vas  a Nareru?), a lo que le respondo

–       “ne; na Buro do, sia kon Nareru da” (yo, voy a Buro, mañana iré a Nareru), y la mujer me dice

–        “Sia, na kî n Nareru do” (mañana yo quiero ir a Nareru) a lo que respondo

–       “too” (bien).

Arranco el coche, un cuatro por cuatro, marca Toyota, modelo Hilux. Los ruidos del motor, la carrocería y todos los que el coche puede hacer estando en marcha, están dispuestos a escribir una partitura durante el recorrido. El diapasón del trayecto será el trazado de la pista, indicando el ritmo y la velocidad. Los agujeros y los baches de la pista hacen las veces de esas notas sostenidas que el infatigable motor del Toyota  interpreta con esfuerzo en este auditorio africano y en las pistas del territorio de la misión de Benin.

Al incorporarme a la pista, tantas veces transitada, me detengo para ceder el paso a un grupo de comerciantes. Van en sus bicicletas, cargados con sus mercancías de telas, uno, bisutería otro y un tercero con ropa de todo tipo: nikis, pantalonetas, ropita de niños y sujetadores. Todo bien a la vista y bien dispuesto. Son estas bicicletas  auténticos comercios, “escaparates andantes”, llamando la atención de sus posibles compradores.

Un saludo, aun en la misión, me obliga a retardar mi salida. Es uno de los albañiles que en estos días trabajan en la ampliación de la iglesia. Me indica que pedirán otro camión de arena. Las obras, ya sean de iglesias, pozos, escuelas… es otro apartado que me viene a la mente para comentaros; pero, hoy será mejor dejarlo y seguir camino a Buro, porque a este paso no voy a llegar y mi amigo Jacobo, que me espera en el pueblo anterior, puede impacientarse, coger su bicicleta e irse a Buro al ver que “ mon père Lui”  no llega.


A cuatro kilómetros de Fô Bouré está Siki, con una población de unos 5.000 habitantes. Es un pueblo con vida, motivo que me hace conducir con más cautela.  Dejo que el acelerador descanse y la partitura tome un ritmo y una sonoridad más relajada. En el barrio de Siki-gando es obligado un pitido a Eli: pi, pi, pi…. Eli es un hombre de unos 40 años, minusválido a causa de la poliomielitis. Es miembro de la comunidad cristiana de Siki, bautizado y fiel como nadie. Pasa las horas a la sombra de los mangueros (árboles de mangos) cercanos a su casa haciendo esterillas, cuando hay demanda, o  simplemente dando conversación a los vecinos o al carpintero en su habitual zona de descanso.

No he recorrido ni 400 metros, desde que pitamos a Eli, cuando me topo al margen  izquierdo de la pista a las afueras de Siki a un grupo de mujeres que pican piedra acompañadas del revuelo de un montón de niños, que en cuanto divisan el coche chillan a voz en grito: “mon père” (para saludar al sacerdote).

Aunque me detenga un poco voy a deciros algo sobre este trabajo de picar piedra, creo que merece la pena. Varias son las preguntas que seguro os hacéis y que yo os respondo a modo de flash.

–       ¿Para qué pican piedra? – para la construcción de los edificios. Hacen la grava para los encofrados. Es un trabajo más, una fuente de ingresos para la familia.

–        ¿Cómo lo hacen, de qué se sirven? De sus manos y de una pieza de hierro, en su mayoría de las veces un trozo de los ejes de los camiones, o de piezas similares. Golpean las piedras de granito con este singular martillo una y otra vez hasta conseguir el tamaño deseado.

–       ¿Durante cuánto tiempo hacen este trabajo a lo largo del día? No se sabe, pero sin duda todo el tiempo que el trabajo de la casa y la atención de los niños les deja.

–       ¿Ganan mucho con este trabajo? Pues;  no sé qué deciros, basta con apuntar que pagan el bidón de doscientos litros lleno de piedras ya machacadas a unos 1.500 francos cefas, es decir no llega a dos euros y medio. ¿Ganan mucho?

Dejando atrás las “pica-pedreras”, tras una curva, se presenta una gran recta. El coche toma alegría y va dejando tras de sí una estela de polvo cubriendo a los peatones a derecha e izquierda de la pista. Sin duda esta estela de polvo da a la partitura de esta tarde la originalidad y el color de los caminos africanos.

Al final de la recta  Boru-boru, otro pueblo donde la comunidad cristiana no termina de entonarse. Hay cuatro bautizados y un grupo de gente que asiste a la  oración; pero la catequesis no termina de arrancar. El bendito Tomás, el catequista, no es de esos hombres dotados con el don de la palabra, pero bueno, ahí está haciendo poco a poco lo que puede. Quien sabe si el aire del norte o del sur mueva esta pequeña barca gracias a las velas que unos y otros aportan a esta pequeña  iglesia de Boro-boru.

Y de Boro-boru a Wari. Es un paseo donde no faltan las ovejas en medio de la pista. No sé si será en este pueblo donde soy más consciente de estos “tontos animales”, o es que realmente hay más que en otros pueblos. Lo cierto es que varios ejemplares han conocido los bajos de los coches de la misión. Yo solo puedo constatar que algunos han librado, y otros han quedado tumbados panza arriba sobre la pista. Hasta la fecha nadie ha reclamado, entendiendo o haciendo frente a la ley no escrita que dice: la pista es para los coches, las motos y las bicicletas. Esta es la ley por la que me rijo; así lo tengo entendido, y si no es así, el día que me paren por haber atropellado a una oveja, me imagino que no me quedará otra cosa que pagar, pero la pieza cazada irá a casa, pues uno no va de caza y vuelve a casa de vacío.

Entre Penati y Dia-Dia, los pueblos que vienen después de Wari, hay un huerto comunal. Estos dos pueblos, separadospor un riachuelo, que bien podríamos llamar “Río Seco”, y un pozo, crean un lugar propicio para cultivar aprovechando el agua del pozo y la frescura y sombra del entorno. Junto al pozo un grupo de niñas juegan mientras esperan su turno para sacar agua y regar sus plantas. La mayoría de las plantas que cultivan son para condimentar salsas con las que comen la pasta de maíz y del ñamen. Asciendo despacio con el coche, la hilera de mujeres y niñas, que con sus recipientes van o vienen del pozo al huerto, o del huerto al pozo, en fila india como auténticas hormigas, me lo exige.

Estamos ya en Día-día,  un pueblo pequeño que se llena de vida en el horario de clases, ya que los niños del pueblo siguiente: Bukuro, vienen a clase aquí. En su día las autoridades se decantaron por Día-día para enclavar el colegio que respondería a las necesidades de los dos pueblos, separados por dos kilómetros escasos. Todavía es hora de clase y nos evitaremos el singular desfile de los alumnos regresando a sus pueblos y casas, todos uniformados y guardando únicamente la disciplina de ir por la cuneta evitando  las motos, los coches y la polvorera que estas máquinas de hierro dejan a su paso.

En Bukuro la prudencia aconseja también aminorar la marcha. Bukuro, aun siendo pequeño, tiene esa vida de los pueblos que viven en torno a la pista. Dos pequeños comercios, que venden de todo y nada, un puesto de gasolina, con su típicomostrador de madera repleto de botellas de un litro de todas las bebidas conocidas que hacen de depósito y medida de estas improvisada estaciones de servicio y, unos metros más adelante el peluquero, que con esmero rasura al cero las cabezas de sus clientes, aliviándoles para afrontar mejor el calor y economizar por más tiempo unos cuantos francos-cefas (moneda del país) en lo que a gastos de estética se refiere.

El peluquero, y no la peluquería pues sus únicas paredes son los vientos de los cuatro puntos cardinales, anuncia el fin de Bukuro y la pista continúa  hacía Alafiaru, un pequeño pueblo, que por reseñar algo sólo cito un montón de ladrillos apilados, que con el tiempo van formándo una masa compacta con el único uso o servicio de estorbo.

Visto y no visto, en casi treinta minutos estamos en Gurukperu primer barrio de Sinandé, el pueblo más grande de la misión y que da nombre al distrito de todos nuestros pueblos: “distrito de la comuna de Sinandé”. Cuenta este pueblo con unos 9.000 habitantes, y la comunidad de cristianos-simpatizantes no llega  a una treintena.

Sinandé como centro de la comuna de esta zona del Borgu cuenta con ayuntamiento, alcalde y un grupo de colaboradores, representantes de los distintos pueblos, que hacen la gestión administrativa.

Sinandé tiene muchos reclamos: vemos los comercios de ibos (Nigerianos) que venden sobre todo repuestos de motos, máquinas de coser y algún aparato eléctrico; talleres de bicis y motos, tiendas de quincallería, tienditas de alimentación, cabinas de teléfono… Pero lo que caracteriza a Sinandé, o por lo menos lo que más me llama la atención son sus 29 mezquitas. En este momento no es la hora de la llamada a la oración musulmana y el canto de los veintinueve muecines  guarda silencio. Quizás al regreso oigamos la llamada a la oración.

Pero a pesar de todos sus reclamos no creáis que Sinandé se diferencia mucho de los otros pueblos más pequeños, en lo que a infraestructura urbanística se refiere. La diferencia la marca el ayuntamiento, la gendarmería (policía), el dispensario más grande (que da los mismos servicios que los otros) y el instituto.

Estamos saliendo de Sinandé camino de Ñaro y ya podemos ver el instituto con sus 1.500 alumnos. En este instituto se concentran muchos jóvenes de los pueblos de la comuna. La escolaridad va en aumento, son cada vez menos los chavales que no estudian, pero aún habrá que seguir trabajando muchos años para alcanzar la escolarización completa de los niños y jóvenes, de un modo especial en las etnias peles y gandós.

A nuestro paso por el instituto no van a faltar solicitudes para subirse al coche, cosa que evitaremos ya que sería una autentica odisea y un peligro que una cantidad innumerable de jóvenes aborden la caja del coche para hacer su pequeña travesía entre el instituto y Ñaro, apenas dos kilómetros.

Bueno ya estamos en Ñaro. Aquí nuestra comunidad de cristianos es muy grande y en estos años atrás parece que va tomando más fuerza, gracias sin duda a los catequistas y algunos cristianos bien convencidos de su papel en su iglesia particular. Vamos a casa de Jacobo, con él iremos a Buro para la catequesis. Atravesamos Ñaro para llegar hasta su casa, hoy es día de mercado y en el camino vemos a la gente sentada junto a la pista en torno a los pequeños puestos de comida o artículos que las mujeres venden buscando así el sustento de sus familias. No faltan los comerciantes de telas, de bisutería, de ropa, de quincalla… La iglesia y el centro de los protestantes también lo dejamos a nuestro paso, un carpintero, un taller de motos, y un poco más adelante el mercado y el cruce para ir a la casa de Jacobo, que seguramente estará en la ducha preparándose tras volver del campo. ¡Perdón!, no sé si os he dicho que Jacob es uno de los catequistas de Ñaro y que ha asumido el compromiso extra de animar la comunidad de Buro.

Hemos acertado, ahí está Jacobo en la ducha: esa larga esterilla sujetada verticalmente por cuatro palos que hace de recinto y donde se lleva su cubo de agua, su toalla o paño y su jabón para tan saludable menester. Mientras Jacobo se acicala a mí me toca jugar con los niños y saludar a las gentes del vecindario. La casa de Jacob es sencilla, una construcción de barro de dos edificios de seis por tres metros, donde está la cocina, un almacén y  tres cuartos o habitaciones.

Bueno parece que Jacob esta listo. Vuelta al coche para realizar el último y penoso trayecto hasta Buro. Buro se encuentra en la margen derecha de la pista a unos 6 kilómetros de Ñaro. La pista está en muy mal estado, los coches que la transitan no son númerosos y la hierba en la época de lluvias la invade. El agua forma charcos que cuando llega la época seca son auténticos agujeros haciendo su aparición la arena. Voy sorteando los agujeros y los bancos de arena con las indicaciones del larguirucho dedo índice de Jacob.

La penalidad se hace más llevadera con los “peles”, que, en cuanto ven el coche, salen de sus campamentos a la pista parasaludar y, más de uno nos pide que le llevamos hasta Buro, cosa que hacemos si vamos bien de tiempo y con ganas para parar y recomenzar la marcha. Hoy los dejamos en tierra, que con tanto “palique” nos hemos retrasado.

La conversación en la cabina de coche entre Jacob y yo es un dialogo de sordo mudos. Por mucho que hable, poco le entiendo, y viceversa.  Optamos por los signos y dos palabras que el sabe en francés y yo en bariba, y así llegamos  a Buro, sin ningún motivo de enfado a causa de nuestra charla.

Hemos llegado a nuestro destino: Buro. La capilla está al comienzo del pueblo, es de barro y no mide mas de cinco metros por dos. Eso es lo que al contorno exterior se refiere, ¡imaginaros el interior!  Al pie del cañón: Salomón, el nuevo catequista recién venido del Centro de Formación de Catequistas en lengua bariba de Gogunu. Durante nueve meses ha estado allí formándose para ser catequista de este pueblo. Se le ve con ilusión y la gente lo considera y le agradece su esfuerzo. Poco a poco ira tomando la riendas de esta comunidad, aunque todavía Jacobo vendrá unos cuantos meses hasta dar rienda suelta a este nuevo catequista y “destetarlo” definitivamente.

La catequesis se hace fuera de la capilla, a la sombra de ésta. Los tres bancos con que cuenta serán los asientos privilegiados de los que antes lleguen. Los otros vendrán con sus sillas, taburetes o bancos, para asistir a la catequesis. Como siempre los niños son los primeros en hacerse presentes y corren como balas hacia el coche a nuestra llegada para hacerse con la bolsa en la que llevo los catecismos y los cuadernos de cantos… para ellos es un privilegio prestar este pequeño servicio de llevar la bolsa del cura del coche a la capilla (¡apenas cuatro metros de distancia¡).

Saludamos a los que ya están esperándonos, y vamos recibiendo a los que se van añadiendo. Primeros los hombres y luego poco a poco van llegando las mujeres. Seguro que sus ocupaciones de la casa y los niños les excusa su retraso. Comenzamos la catequesis, el canto es el punto de partida, le sigue una pequeña oración. Terminada ésta es obligado repasar o traer a la memoria de los catecúmenos la última catequesis: ¿Qué vimos el día anterior? ¿Qué decía Jesús?, ¿nuestra tradición qué dice de esa situación? ¿Qué nos aporta Jesús?… Tímidamente se van oyendo algunas voces, y poco a poco se va cosiendo “lo hilado” el día anterior. Diez minutos para la revisión y comienza el tema de hoy: Jesús acoge y ayuda a los necesitados.

Jacob comienza la catequesis buscando situaciones en la vida cotidiana donde podemos encontrarnos con personas que necesitan nuestra ayuda. Interpela al grupo para detectar a los necesitados . La lista comienza a surgir: los enfermos, los tristes por la muerte de un familiar, los que han perdido la cosecha, los que no tienen recursos…  La lista no termina aquí, Jacob invita a buscar en la cultura bariba  situaciones donde hechos tan normales como una enfermedad determinada, un nacimiento fuera de lo normal… es visto por la tradición como un maleficio con la consiguiente carga de sufrimiento para las gentes que lo padecen, no solo por el mal en cuestión (niños rechazados, enfermos de locura, “poseídos”…) sino también por  el peso de la tradición basada en el miedo y la ignorancia. Sigue cuestionando al grupo Jacobo: “los cristianos podemos aportar algo a nuestra tradición basándonos en lo que dijo e hizo Jesús”. Comienza el debate con la sorpresa de unos, la aprobación de otros y la desconfianza de algún que otro asistente. La novedad del Evangelio se hace notar esta tarde: “amaos los unos a los otros”, “todos somos hijos de Dios”, todos formamos parte de la vida de Dios, todos tenemos derecho a la vida, todos estamos llamados a vivir la vida como un don, y a servir a los otros sobre todo a los más necesitados que demandan de nuestra ayuda.

La sesión de hoy no será suficiente para finalizar el tema. Alfonso que sabe algo de francés me pone al corriente de lo que ocurre en la sesión de catequesis y traduce las dos palabras que puedo aportar al tema. Eso sí, con la cautela propia de un desconocedor de la costumbre y cultura bariba; aquí hemos de ponernos en manos de los catequistas que con tacto y acierto van anunciando y haciendo ver lo negativo de ciertas costumbres ancestrales, muchas de ellas enraizadas en un miedo que nace del desconocimiento de las más elementales razones naturales de las cosas.

Dejamos el tema a medias, hacemos nuestra oración final y pasamos lista. ¿Lista?, sí, lista de los que asisten, de los que han decidido comenzar el catecumenado. La lista es nuestro pequeño control de la asistencia y constancia en el proceso del camino hacia el bautismo, aunque la referencia más noble y justa es siempre los catequistas que conocen y comparten con mayor asiduidad la realidad de estos nuevos catecúmenos.

Yo, aquí les dejo ya casi de noche. El regreso es más de lo mismo: la pista, los baches, los transeúntes, los pueblos, sus gentes, la vida cotidiana…  todo alumbrado con los focos del Toyota que a su paso camino a la misión cerrara esta jornada de catequesis en Buro.

Luis Ángel ……..

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