Carta Pastoral de Monseñor Juan José Omella Omella


Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Octubre 2011

 INDICE

SEMBRADORES DE LA PALABRA, MENSAJEROS DE ESPERANZA 

I.-  Cincuenta años de cooperación misionera.

II.- El cincuentenario, ocasión de reflexión y de consolidación de compromisos.

–       La disposición sinodal

–       La recomendación pontificia

III.- La misión de la Iglesia: El anuncio del Evangelio, deber de todo el pueblo de Dios.

–    El deber de los obispos

–    El deber de los sacerdotes

Invitación del Concilio a la cooperación temporal

Renovación de Juan Pablo II

IV.- Memoria de la labor realizada en las misiones.

–       Los trabajos de nuestros misioneros

–       Las tareas cumplidas

*      El objetivo evangelizador

Laboreo de larga estancia

Labores pastorales

*      La promoción humana y social

En Burundi – En Benín – En Ecuador

V.- El retorno espiritual de la cooperación.

–     El entusiasmo que se suscitó

–     Las visitas de familiares y amigos

–     Las visitas de colaboración

–     Las visitas de los obispos

VI.- Los frutos del Cincuentenario: una diócesis misionera.

–     El cincuentenario ocasión para agradecer y difundir el don de  la fe.

–     Todos somos parte en el envío misionero de la Iglesia.

–      La Iglesia necesita de un laicado activo y comprometido

*      en la misión interna con sus conciudadanos

*      en la misión a los gentiles

VII. – El cincuentenario oportunidad para hacer de la diócesis una Iglesia misionera.

*    El ejemplo de los santos misioneros de la diócesis

*    Renovación de nuestro compromiso con las misiones

–   Será el motor de una renovación cristiana.

–   Nos exige santidad, testimonio y oración.

–  Propuesta de un proyecto extraordinario en tierras de nuestra antigua misión.

I

Cincuenta años de cooperación misionera

Queridos hermanos en el Señor:

En el próximo mes de octubre se cumplirán cincuenta años de la llegada de los primeros sacerdotes diocesanos a Burundi, para iniciar la cooperación misionera de nuestra diócesis.

Las palabras del Señor: “Id al mundo entero y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”[1] resonaron con fuerza en el corazón de nuestra comunidad diocesana a lo largo de los siglos y muchos respondieron con generosidad yendo a los países de misión allende los mares. Con ese mismo propósito de respuesta generosa al llamamiento de Cristo hace cincuenta años se creó la “misión diocesana”. Ojalá que en los tiempos actuales no seamos sordos a su invitación. Sí, la Iglesia “existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección gloriosa. Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”[2]. Los misioneros son sembradores de la palabra y verdaderos mensajeros de esperanza.

Esta carta pastoral quiere ser un canto de gratitud a la labor realizada por ellos y una petición a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo,  para que muchos oigan su voz y se comprometan a seguir la huellas de estos hijos ilustres de nuestras comunidades cristianas y vayan a otros lugares a anunciar la Buena Nueva de Jesús, el Hijo de Dios.

Aunque esta carta se centra en el trabajo realizado en las “misiones diocesanas”, no por eso queremos dejar de agradecer la labor que tantos cristianos laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, han realizado y siguen realizando en países de misión a través de Congregaciones Religiosas, Sociedades Misioneras, Institutos Seculares, IEME,  Prelatura del Opus Dei, OCASHA, OCSHA y Camino Neocatecumenal. Nuestra felicitación a todos ellos y nuestra admiración por su entrega generosa a la obra evangelizadora de la Iglesia. Ellos también están en el corazón de la comunidad diocesana y en el corazón del Obispo. Ojalá que su ejemplo sea fuente de estímulo para muchos jóvenes.

En la primavera de 1962, Mons. André Makarakiza, recientemente nombrado obispo de Ngozi (Burundi), visitaba La Rioja solicitando operarios que colaborasen con él en la atención pastoral del extenso territorio que le había sido confiado. El obispo D. Abilio del Campo, haciéndose eco de su apremiante petición de ayuda, invitó a sus sacerdotes a secundar el llamamiento y acudir a África en misión. Dos respondieron prontamente, y comenzaron los preparativos lingüísticos y pastorales. El 4 de octubre la parroquia de Santo Domingo de la Calzada despidió a D. Gerardo Capellán Arenas y a D. Juan Antonio Sáenz López con una solemne entrega de crucifijos. El 18 de ese mes aterrizaron en Burundi, recién independizado. Días antes, en la Roma conciliar, los obispos de Calahorra y Ngozi habían concretado el acuerdo de cooperación misionera, y los dos sacerdotes firmaron su contrato.

A partir de esa fecha, se fueron sucediendo en Burundi distintos equipos sacerdotales que mantuvieron sin interrupción el trabajo pastoral y misionero hasta el año 1985 en el que las autoridades políticas lo hicieron imposible. Esa tierra entrañable de África ha sido labrada con el esfuerzo de ocho sacerdotes diocesanos[3], que la cultivaron espiritualmente y la edificaron no sólo en el orden moral y religioso, sino también en el cultural y práctico. Pero aquellas dificultades insalvables no lograron retraer el celo misionero de nuestros diocesanos. Cuando nos vimos obligados a cerrar una misión, fuimos capaces de establecer otra; si un Estado nos echa, otro nos abre las puertas. Uno de los expulsados de Burundi comienza una nueva misión, al año siguiente, en la República de Benín; se hizo cargo de la parroquia de Fô-Bouré, que, hasta el día de hoy, continúa atendida pastoralmente por nuestros sacerdotes[4].

Posteriormente, la Iglesia diocesana estableció un nuevo compromiso misionero con el Vicariato Apostólico de Puyo, en el Ecuador. Desde febrero de 2000 hasta agosto de 2009, sacerdotes de nuestra diócesis[5] han dedicado sus cuidados pastorales a la parroquia de Shell-Mera. En la actualidad, una familia de misioneros seglares[6] mantiene la cooperación diocesana en el Vicariato.

II

Ocasión de reflexión y consolidación de compromisos

 El cincuentenario del inicio de nuestra cooperación misionera nos proporciona una ocasión oportuna para establecer una pausa de reflexión y lanzar una mirada valorativa a la tarea realizada; debemos examinar serenamente lo que la diócesis ha aportado y apreciar también los beneficios que nosotros mismos hemos recibido. Esa consideración puede ayudarnos a continuar el camino emprendido con nuevos ánimos y renovadas motivaciones.

Es verdad que estos compromisos fueron iniciados en tiempos en que el Señor bendecía a nuestra diócesis con abundantes vocaciones y en los que se contaba con un nutrido plantel de sacerdotes para atender a la cura pastoral. Hoy la situación es otra. Pero la escasez actual de obreros disponibles no ha de ser óbice para continuar con la tarea comenzada y seguir manteniendo la proyección universal de nuestra Iglesia particular. Así lo dejó determinado el último Sínodo diocesano: “En estos momentos, a pesar de estar viviendo los efectos de la “crisis vocacional”, nuestra iglesia diocesana se siente llamada a impulsar su compromiso evangelizador en los países de misión. Quiere ser toda ella –Obispo, sacerdotes, religiosos y laicos– una iglesia misionera, porque si no dejaría de ser Iglesia, ya que “La Iglesia es misionera por su propia naturaleza” (AG 2)”[7].

Dificultades parecidas a las nuestras están experimentando otras Iglesias locales. Al contemplar la nueva situación de disminución de vocaciones y la crisis de secularización que aflige a antiguas comunidades cristianas, el beato Juan Pablo II nos advertía: “Ante el fenómeno de la descristianización, puede surgir la tentación de replegarse en sí mismos, de cerrarse en los propios problemas, de reducir el impulso misionero a la propia esfera interior. Es, pues, necesario un nuevo y vigoroso impulso misionero, enraizado en la más profunda motivación que la Iglesia ha recibido directamente del divino Maestro (cf. EN 50), animado de firme esperanza y sostenido por la activa solidaridad de las Iglesias particulares y de todos los cristianos”[8].

III

La Misión de la Iglesia

 

Ciertamente no necesitamos de una profunda reflexión teológica para caer en la cuenta de lo acertado de la orientación sinodal. “La Iglesia es toda ella misionera y la obra de evangelización es deber fundamental del pueblo de Dios”[9]. La Iglesia tiene una misión que cumplir, ha sido reunida para ser enviada a predicar. El Señor Jesús “llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”[10]. Y después de que hubo completado con su muerte y resurrección los misterios de nuestra redención, fundó la Iglesia como sacramento universal de salvación y envió a los Apóstoles al mundo entero, mandándoles: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”[11]. Y también: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado”[12]. La fe y el bautismo son necesarios para la salvación. El bautismo es el sacramento de la fe. Es necesario que todos se conviertan a Cristo, que se incorporen a Él. Pero “¿cómo creerán si nadie les predica?”[13] Para anunciar el Evangelio envió el Señor a sus discípulos a todo el mundo a fin de que los hombres, renacidos por la palabra de Dios, ingresen por el bautismo en la Iglesia[14]. Es el camino ordinario que Dios tiene establecido. “De aquí proviene el deber de la Iglesia de propagar la fe y la salvación de Cristo”[15].

La raíz última del deber misionero de la Iglesia se encuentra en la voluntad salvífica de Dios “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos[16]; y no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que podamos salvarnos”[17]“Es necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación de la Iglesia”[18]. De ahí deriva la necesidad, y también el derecho sagrado, que tiene la Iglesia de evangelizar. Las multitudes que con sinceridad y rectitud de corazón llevan milenios buscando a Dios “tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad” [19]. Por eso la Iglesia mantiene vivo el esfuerzo misionero.

El anuncio misionero del Evangelio es un deber que afecta a todo el Pueblo de Dios: en primer lugar a los obispos como sucesores de los Apóstoles, luego a los sacerdotes como colaboradores del orden episcopal, a los religiosos y religiosas que profesan en Institutos de perfección, y también a los fieles seglares. La comunidad diocesana es corresponsable en esta misión que tiene la Iglesia de evangelizar. Los Apóstoles fueron enviados a predicar el Evangelio al mundo entero; también los obispos, sucesores suyos, tenemos sobre nuestros hombros esta misión universal, además del cuidado particular de la propia diócesis. Y es deber nuestro suscitar, promover y dirigir el entusiasmo misionero en la Iglesia particular que nos ha sido encomendada, de tal manera que toda la diócesis se haga misionera. La cooperación entre las Iglesias particulares es hoy muy necesaria para continuar eficazmente la tarea de evangelizar. Como miembros de un mismo cuerpo, todas deben ayudarse mutuamente en una orgánica comunicación de bienes. Pero, además, este espíritu misionero, nacido del aprecio de la fe y del ardor de la caridad, resulta sumamente útil para la edificación interna de la comunidad cristiana. “La gracia de la renovación en las comunidades no puede crecer si no expande cada una los campos de la caridad hasta los últimos confines de la tierra, y no tiene, de los que están lejos, una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros”[20].

La vida de los sacerdotes también está consagrada al servicio de las misiones. La ordenación que recibieron los prepara a la misión universal de salvación que tiene encomendada la Iglesia. El sacerdocio de Cristo, del que los presbíteros han sido hechos realmente partícipes, se dirige necesariamente a todos los pueblos y a todos los tiempos[21]. Por razón de su ministerio, deben esforzarse para que el Cuerpo de Cristo llegue a su plenitud.[22] Al ofrecer el sacrificio eucarístico –que perfecciona a la Iglesia– han de sentir la solicitud por la humanidad entera.  En su propia formación, deben trascender los límites de su diócesis y adquirir un espíritu realmente católico, universal.  “Todos los sacerdotes deben tener corazón y mentalidad misioneros”[23]. Además de cultivar su propia conciencia misionera, han de fomentar en los fieles a ellos encomendados, con su predicación y catequesis, el celo por la difusión del Evangelio entre los pueblos que aún desconocen el mensaje cristiano; han de suscitar el aprecio por las vocaciones misioneras, y enseñarles a orar por las misiones.

Quiero recordaros, queridos sacerdotes, que el Concilio Vaticano II, haciendo suya y ampliando la fórmula recomendada por el papa Pío XII[24], nos invita a los obispos a enviar “a algunos de los mejores sacerdotes que se ofrezcan para la obra misionera, debidamente preparados, a las diócesis que carecen de clero, donde desarrollen, al menos temporalmente, el ministerio misional con espíritu de servicio”[25]. El beato Juan Pablo II, en la Redemptoris missio, confirma la validez y los frutos de esta experiencia de servicio temporal: “Los presbíteros llamados Fidei donum ponen en evidencia de manera singular el vínculo de comunión entre las Iglesias, ofrecen una aportación valiosa al crecimiento de las comunidades eclesiales necesitadas, mientras encuentran en ellas frescor y vitalidad de fe”[26] 

IV

Memoria de la labor realizada en las misiones

Si, a la luz de estas consideraciones teológicas, en una mirada retrospectiva, examinamos el trabajo que hemos venido realizando en este medio siglo de cooperación misionera, fácilmente descubriremos que tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios. Un repaso somero de la obra cumplida nos indica que, si es no poco lo que hemos aportado, es mucho también lo que tenemos recibido. Tierras fecundas de África y América han sido regadas con el sudor de nuestros misioneros, cultivadas con su esfuerzo y trabajo, en medio de las incomodidades propias del bajo nivel de desarrollo económico y de su situación de pobreza. A los rigores del clima hubo forzosamente que añadir el alejamiento del entorno familiar, dejando, a veces, padres de edad avanzada, con la preocupación de no volverlos a ver. Era inevitable la renuncia al relativo confort de que gozábamos en nuestra patria. Es preciso agregar, de manera destacada, la dificultad de expresarse en lenguas extranjeras, de comprender y hacerse entender en los idiomas nativos. En ocasiones, tuvieron que hacerse discípulos de los niños, que se mostraron como unos maestros afables, pero rigurosos. Se suma el afán por asimilar una cultura distinta, de conocer sus tradiciones y costumbres, las categorías básicas de su pensamiento, su sentido de la vida, sus artes e instituciones, su estructura social: con el fin de ofrecer una mejor presentación del mensaje evangélico que predisponga a una favorable acogida. Ese esfuerzo diligente facilita que la fe aparezca razonable y que las mejores costumbres de los pueblos se vean y hagan compatibles con la moral inspirada en la revelación divina. La Iglesia “con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no sólo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios”[27].

La Iglesia ha sido instituida para proclamar el misterio de Dios y el misterio de la encarnación del Hijo como acontecimiento de salvación para toda la humanidad[28]. Tiene como misión anunciar el misterio de Cristo enviado por Dios para la salvación de todos. “El Espíritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo”[29]. Los misioneros son enviados para evangelizar, para anunciar a Cristo y su oferta de salvación. Su tarea es plantar y edificar la Iglesia. Ejercen como sembradores de la palabra, mensajeros de esperanza, heraldos de salvación. El fruto de este empeño espiritual es difícil de apreciar con módulos externos. La fe es un don de la gracia; para aceptar la palabra de Dios y profesar la fe “es necesaria la gracia de Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, que mueve el corazón y lo convierte a Dios”[30]. Todo progreso espiritual es algo que acontece en el interior del hombre, bajo la acción del Espíritu Santo. “Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer”[31]. Se dan índices plausibles –como el número de bautizados, la labor de los catequistas, la actividad de los movimientos apostólicos, las vocaciones religiosas y sacerdotales suscitadas, etc.–, pero no se pueden medir con exactitud los resultados espirituales. Podemos, en cambio, contar las horas de trabajo empleadas en la viña del Señor, los años de servicio que los sacerdotes diocesanos han dedicado y dedican a la cooperación misional. Comprobamos con gozo que no acudieron a las tierras de misión llevados por un entusiasmo pasajero; llegaron para permanecer, se comprometieron en un laboreo de larga estancia; han dejado en ellas una buena porción de su vida activa; varios sobrepasan la docena de años dedicados a la pastoral misionera. Son incontables los días y las horas que dedican a sembrar la palabra de Dios, a dirigir el catecumenado, a orientar la labor de los catequistas, a administrar los sacramentos, a animar los movimientos apostólicos, a fomentar las vocaciones religiosas, a visitar a las familias, a consolar a los enfermos, y sustituir los miedos ancestrales ante la muerte de los ancianos por la esperanza de la vida eterna.

Los discípulos de Cristo “no buscan el progreso y la prosperidad meramente material de los hombres, sino que promueven su dignidad y unión fraterna, enseñando las verdades religiosas y morales que Cristo esclareció con su luz, y con ello abren gradualmente un acceso más amplio a Dios”[32]. Pero el anuncio del Evangelio, fermento de libertad y de progreso, ha ido acompañado siempre de la promoción humana y social de aquellos a los que se pregonaba. El Evangelio afecta al hombre entero, lo interpela en todas sus estructuras: personales, económicas y sociales. “Entre la evangelización y la promoción humana (desarrollo, liberación) existen, efectivamente, lazos muy fuertes”[33]. “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama le interesa todo el hombre”[34]. Tampoco han descuidado  nuestros misioneros este aspecto de la evangelización.

En la misión de Rwisabi (Burundi) la construcción y dotación de aulas escolares resultaba una prioridad: algunas quedaron bajo el cuidado directo de la parroquia – atendidas por catequistas diplomados, especializados en pedagogía, música y francés–; en ellas se enseñaba a leer, escribir, rudimentos de matemáticas y otras nociones básicas, además de religión; otras las pusieron a disposición de las autoridades civiles. Alumnos aventajados fueron enviados a centros de enseñanza media y superior.

La llegada de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl permitió poner en marcha servicios largamente esperados en la misión: el dispensario, el centro de salud y el hogar social. Y también el cuidado de los leprosos. En el dispensario se curaban las heridas y se atendía cada día a más de cien enfermos, particularmente niños, que eran los más vulnerables; y se formaba a jóvenes enfermeras para que fueran capaces de desempeñar estas tareas. Centenares de madres acudían diariamente al centro de salud; ellas recibían nociones de puericultura y los bebés desnutridos, un suplemento alimenticio. En el hogar social jóvenes de ambos sexos continuaron la formación recibida en la escuela, en áreas de lenguaje, sociedad y naturaleza, y adquirieron una rudimentaria formación profesional: conocimientos básicos de carpintería, albañilería, cestería, corte y confección. Aprendieron a aprovechar la madera, las mimbres, el sisal, las hojas de plátano; los productos elaborados se vendían después en la capital. Cultivaban verduras, plantaban frutales, criaban gallinas y conejos.  Una religiosa enfermera, especializada en atender a enfermos de lepra, recorría en su furgoneta centenares de kilómetros para visitar mensualmente a los enfermos en sus casas y a los acogidos en la leprosería de Ngozi. Tenía en la misión una farmacia, un laboratorio, un archivo y una pequeña dependencia para alojar a los enfermos en tratamiento especial.

Un ambicioso proyecto de traída de agua hasta la misión central desde tres kilómetros de distancia y un sólido puente sobre el río Kinyankuru, que superó el aislamiento de la sucursal de Mugogo, fueron las obras de ingeniería más celebradas y agradecidas.

En Fô-Bouré (Benín) la vida ha cambiado desde que nuestros misioneros atienden la parroquia; se ha convertido en un paraíso, según el sentir local. Un gran depósito recibe el agua y la distribuye a doce fuentes situadas en puntos estratégicos del pueblo. Dos pequeños pantanos almacenan el agua para que pueda beber el ganado y poder regar algunos campos. Veinticuatro farolas, que transforman y acumulan la energía solar, alumbran la calle principal del poblado, y lo convierten en el pueblo de la luz, envidia de toda la región del norte; dan seguridad a sus habitantes y les permiten ampliar las horas útiles: a su cobijo, se juega, se estudia, se charla. Encontramos, igualmente, escuelas de primaria y secundaria, y los imprescindibles dispensarios. Además, molinos de harina y arroz, y cooperativas de “karité”. La iglesia y las instalaciones parroquiales han sido levantadas con la contribución económica de los sacerdotes y fieles de nuestra diócesis.

También en la zona de Shell-Mera, en el Oriente ecuatoriano, se están llevando a cabo proyectos que promueven el desarrollo de sus habitantes, sobre todo en el ámbito educativo: financiación del material escolar, becas para estudiantes de secundaria, construcción de viviendas para familias muy necesitadas, granjas y huertos escolares, traída de aguas en varias comunidades, formación y promoción de la mujer…

V

El retorno espiritual de la cooperación

En el esfuerzo misionero se da mucho ciertamente; pero también se recibe mucho. Aportamos nuestro mayor tesoro, la Verdad que conocemos, la perla escondida del Reino de Dios. Pero, al comunicarla, se afianza nuestra fe; al difundirla, se consolida nuestra esperanza; al donarla, se hace más ardiente nuestra caridad. En los comienzos de la cooperación misionera de nuestra diócesis, se levantó un apreciable entusiasmo en determinadas capas de la población, suscitado por los mismos misioneros en sus estancias de descanso en nuestra región. Muchas personas generosas se encargaron de aportar el indispensable respaldo económico a las necesidades de la misión. El Centro educativo de Los Boscos asumió las tareas de procura y gestión; organizaba colectas, reunía las limosnas, resolvía los trámites administrativos y enviaba el dinero y los materiales necesarios. Mención especial merece la movilización misionera de los niños de las escuelas, promovida por la Inspectora de Primera Enseñanza Doña María Dolores Marijuán: además de su interés y oraciones, los escolares aportaron con sus colectas una notable cantidad de dinero efectivo. Doña Blanca Lope Azcárate, aparte de anteriores entregas en metálico, se desprendió de una valiosa joya familiar para financiar la edificación inicial del dispensario de Rwisabi. Empresas industriales y varias entidades bancarias contribuyeron con sus donaciones; toneladas de medicamentos y ropa fueron enviados desde La Rioja. “Medicus Mundi” de Logroño regaló una ambulancia. El Ayuntamiento de Logroño colaboró desde el principio, sobre todo en la financiación de perforación y construcción de pozos y pantanos. La principal ayuda económica ha procedido en todo tiempo de las campañas contra el hambre, de Manos Unidas. También han colaborado algunas Instituciones civiles como el Gobierno Autonómico a través del Departamento de Cooperación Internacional, Ayuntamientos como el de Logroño y Aldeanueva de Ebro, entre otros.

Familiares, amigos y bienhechores han apoyado con sus visitas el esfuerzo de los misioneros. Son dignas de destacar las que realizaban a Burundi, en vacaciones, colaboradores muy útiles: D. Eduardo de Gabriel y D. Alberto Fernández Malanda; en repetidos viajes pusieron su destreza técnica al servicio de la misión; Eduardo en todo lo que se refería a instalaciones eléctricas y Alberto en la mecánica; éste último, ya jubilado, continuó prestando sus servicios durante catorce meses a la parroquia de Fô-Bouré, en Benín. Esta misión continúa favorecida con las visitas veraniegas de colaboración del matrimonio D. Javier Garrido y D. Magdalena Urrutia.

No podemos pasar por alto las confortantes visitas a los misioneros que realizaron los obispos de nuestra diócesis. Ellos los habían enviado al autorizarles a partir, no podían dejarlos solos ni ignorar sus trabajos, seguían estando bajo su cuidado pastoral; era preciso llevarles el aliento y el reconocimiento de todos los diocesanos. D. Francisco Álvarez viajó dos veces a la misión de Rwisabi en Burundi; anunció la primera visita como un deber del pastor diocesano de ver y abrazar a nuestros misioneros, y confirmar su trabajo con la presencia del obispo que los había enviado.

Publicó, a su regreso, un denso documento en el que ratificaba el compromiso de la diócesis con las misiones. También D. Ramón Búa efectuó una animosa visita a la parroquia de Fô-Bouré en Benín, aquejada de molestas incidencias. Y yo mismo tengo realizadas otras a Benín y al Vicariato Apostólico de Puyo en  Ecuador, siendo testigo de la gran labor que nuestros misioneros están realizando y deseando de todo corazón que el empuje misionero no desaparezca en el corazón de nuestra comunidad diocesana, sino que crezca de día en día.

VI

Diócesis misionera

El cincuentenario que celebramos es una buena ocasión para recordar y “dar a conocer la acción misionera de nuestra diócesis” [35]; pero también es una oportunidad para profundizar en las exigencias de nuestra condición de cristianos, y un motivo para reavivar nuestra conciencia misionera y saber agradecer el don de la fe que hemos recibido cooperando a que otros participen de ese mismo don. El bien tiende a difundirse, no se pone la luz debajo de un celemín, no podemos guardar para nosotros la Verdad que da sentido a nuestras vidas. “El amor de Cristo nos apremia. Cristo murió por todos”[36]. Debemos esforzarnos por que llegue a todos los hombres, a los próximos y a los lejanos, la luz verdadera que aclara nuestro origen, explica nuestra naturaleza y orienta nuestro obrar. “La propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva”[37]. ¡Qué bellamente lo expresaba el beato Juan Pablo II cuando decía: “la fe se fortalece dándola”! Sí, el esfuerzo que hagamos por transmitir a otros el precioso tesoro de la fe, que recibimos como don, hará que nuestra misma fe se fortifique y madure más y más.

La solicitud por difundir la Buena Nueva que trajo Jesucristo atañe a todo el pueblo cristiano. “A todo discípulo de Cristo incumbe la tarea de propagar la fe según su condición”[38]. Todos somos parte en el envío misionero de la Iglesia; todos somos apóstoles, todos somos enviados. Cada vez somos más conscientes de que la misión corresponde a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales[39]. La Iglesia no vive plenamente mientras no exista un laicado comprometido que trabaje con la jerarquía. “Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo de un pueblo sin la presencia activa de los seglares”[40]. El apostolado de los laicos enriquece la vida de la Iglesia.

La labor evangelizadora de los fieles laicos se despliega con gran provecho tanto en la misión interna entre sus conciudadanos como en la misión a los gentiles. Los apóstoles seglares se esfuerzan por que sus contemporáneos, entretenidos a veces en exceso con la economía y la tecnología, no se despreocupen de las cosas que realmente importan, las que atañen al sentido de la vida y al destino del hombre; y convencidos estos apóstoles de la plena validez de la Verdad que encontraron para resolver los grandes interrogantes del hombre, lejos de guardarla para sí, la ofrecen confiadamente a familiares, amigos y conocidos. Y, alentados por el gozo de compartir, se sienten igualmente comprometidos en la misión universal de la Iglesia. “En los países ya cristianos, los seglares cooperan a la obra de evangelización fomentando en sí mismos y en los demás el conocimiento y el amor a las misiones, excitando las vocaciones en la propia familia, en las asociaciones católicas y en las escuelas, ofreciendo ayudas de todo género para poder dar a otros el don de la fe, que ellos gratuitamente recibieron”[41].

VII

Aniversario: nueva oportunidad de dinamismo misionero

El cincuentenario de nuestra cooperación con las Iglesias de África y América ha de ser una oportunidad providencial para hacer de nuestra diócesis una Iglesia misionera. Ilustres santos misioneros, condiocesanos nuestros, nos marcaron el camino: San Jerónimo Hermosilla, San Valentín de Berrio Ochoa, San Ezequiel Moreno y, ya antes, los beatos Alonso de Mena y Alonso de Navarrete. La renovación de nuestro compromiso con las misiones –de todos: obispo, sacerdotes, religiosos y seglares–, contribuirá no poco a revitalizar nuestra vida cristiana. El beato Juan Pablo II, abundando en la opinión del papa Pablo VI, así lo entendió: “La misión renueva a la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal”[42].

El compromiso misionero conlleva un empeño de santidad. Para difundir la fe es preciso vivir profundamente la vida cristiana. La raíz de la eficacia misionera está en la luz de Cristo que irradian nuestras buenas obras[43]. “Es necesario que nuestro celo evangelizador brote de una verdadera santidad de vida”[44]. De esa santidad de vida arranca el dinamismo misionero realmente fructuoso. Con el testimonio cristiano ha de concurrir la ferviente oración del pueblo de Dios. “La oración debe acompañar el camino de los misioneros, para que el anuncio de la Palabra resulte eficaz por medio de la gracia divina”[45]. Una súplica constante e intensa ha de sostener sus trabajos apostólicos. Os invito a tener siempre un recuerdo especial por los misioneros en la Plegaria Universal de la Misa, así como en los Laudes y Vísperas de la Liturgia de las Horas, rezados a solas o en comunidad.

Como realización concreta en este cincuentenario, que guarde digna memoria del mismo, hemos pensado sufragar, con la colaboración de todos, un proyecto extraordinario en las tierras de nuestra antigua misión de Rwisabi; con él agradeceremos a Dios el don de la fe, principio de salvación, y contribuiremos a que otros puedan gozar del mismo don. El proyecto consiste en ofrecer recursos familiares a un pequeño pueblo de la misión que vive por debajo del umbral de la pobreza. Se promoverá la cría de cerdos y vacas lecheras para que 100 familias, es decir unas 800 personas, puedan alimentarse convenientemente y salir de su extrema pobreza. Os invito a todos a que seamos generosos y colaboremos en dicho proyecto que denominaremos “Siempre con Burundi”.

Que Santa María, Reina de los Apóstoles, acompañe en nuestro caminar misionero a esta Iglesia que, por la escucha de la Palabra y la celebración de la Eucaristía del Señor, se edifica y crece en la Rioja. A Ella encomendamos nuestra vida de fe, nuestra comunidad cristiana y todos nuestros misioneros. Ella, como buena madre, sabrá fortalecernos en la fe, darnos seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

Logroño, 1 de octubre de 2011.

Fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las Misiones

+  Juan José Omella Omella

       Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORACIÓN

 

Santa María, Madre de Dios y madre nuestra,

tú que fuiste y sigues siendo la primera misionera de la Iglesia,

a la buena y fecunda sombra del Espíritu Santo,

contágianos a todos los miembros de la Iglesia

tu perenne fervor apostólico.

Enséñanos a todos los cristianos

a ser testigos humildes y valientes

 de la Buena Nueva de tu Hijo.

Otorga al mundo el don de la paz de Jesucristo;

congrega como madre a todos los cristianos

 en la unidad perfecta, querida por tu divino Hijo.

Estrella de la Evangelización, ilumina con tu dulce luz,

la densa oscuridad de cuantos todavía no creen.

Ayuda a los pecadores a retornar a Dios

y, a nosotros, danos la fuerza necesaria

para vencer toda tentación;

Acompáñanos,  madre de misericordia,

de modo que andemos siempre por el camino del bien.

Cuida mucho a los misioneros de Jesucristo

y anima a muchos jóvenes para que sigan sus huellas

 y anuncien con gran generosidad e inmenso gozo

el Evangelio de tu Hijo.

Él que vive y reina con el Padre, en el Espíritu Santo,

por los siglos de los siglos. AMÉN


[1] Mc 16,15

[2] Pablo VI. Evangelii Nuntiandi (E.N.), nº 14

[3] D. Gerardo Capellán, D. Juan Antonio Sáenz, D. Emilio Foncea, D. Carlos Jiménez, D. José Antonio Ruiz, D. Fernando Jiménez, D. Jesús María Peña y D. Miguel Ángel Pascual.

[4] D. Jesús María Peña inició la cooperación; además de él, han ejercido el ministerio sacerdotal en esa parroquia D. José Andrés Pérez, D. Fernando Azofra y D. Miguel Ángel Miranda. D. Juan Pablo López lo continúa ejerciendo desde 1996 y D. Luis Ángel Moral, desde 2006. Desde enero de 2011 trabaja con ellos D. Rafael Quirós Gracián, de la diócesis de Barbastro-Monzón. También D. Alberto Fernández Malanda, seglar y mecánico de profesión, fue misionero durante 14 meses.

[5] D. Jesús García Corcuera desde el inicio, D. Justo A. Calvo González durante tres años  y D. Jesús J. Alesanco Blanco a partir de 2005.

[6] Formada por Zigor Gómez de Segura, su esposa Mónica y sus hijos Santiago, Yaku y África.

[7] Sínodo Diocesano 2002, 40

[8] Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 1982.

[9] Conc. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 35.

[10] Mc 3,13

[11] Mt 28, 19-20

[12] Mc 16,15

[13] Cf. Rom 10, 14

[14] Cf. Ad Gentes Divinitus, 6

[15] Conc. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 5

[16] 1 Tim 2, 4-6

[17] Hch 4,12

[18] Conc. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 7

[19] Pablo VI, Evangelii  Nuntiandi, 53.

[20] Conc. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 37

[21] Cf. Conc. Vat. II, Presbyterorum ordinis,10.

[22] Cf. Ef  4,11-13.

[23] Juan Pablo II, Redemptoris missio, 67.

[24] Pío XII, Fidei donum, 17: “Otra forma de recíproca ayuda, ciertamente más incómoda, ha sido adoptada por algunos obispos, que autorizan a algunos de sus sacerdotes, aun a costa de sacrificios, a partir para ponerse, durante un tiempo limitado, al servicio de los Ordinarios de África”.

[25] Conc. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 38

[26] Juan Pablo II, Redemptoris missio, 68

[27] Conc. Vat. II, Lumen Gentium, 17

[28] Cf. Congregación para la Doctrina de la fe, Declaración Dominus Iesus, 1.

[29] Conc. Vat. II, Lumen Gentium, 17

[30] Conc. Vat. II, Dei Verbum, 5.

[31] 1 Cor 3,6

[32] Conc. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 12

[33] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 31.

[34] Benedicto XVI, Caritas in veritate, 15.

[35] Sínodo Diocesano 2002, 49

[36] 2 Cor 5,14 s.

[37] Conc. Vat. II, Gaudium et Spes, 28

[38] Conc. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 23

[39] Cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio, 2.

[40] Con. Vat. II, Ad Gentes Divinitus, 21

[41] Ibid., 41

[42] Ibid., 2.

[43]  Cf. Mt 5,16.

[44] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi,76.

[45] Juan Pablo II, Redemptoris missio,78.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: